in girum imus nocte et consumimur igni

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viernes, 29 de abril de 2016

El árbol milenario

En las profundidades del bosque sagrado
se yergue desafiando al tiempo
el árbol milenario de los frutos amargos.

Entre sus raíces retorcidas
tiene su morada una triste doncella pálida,
bella como la aurora, serena y triste como la niebla.

La desdichada virgen tiene en su pasado
un oscuro pecado y está condenada
a regar eternamente con su llanto
el árbol milenario de los frutos amargos.

Liliana Celeste Flores Vega - diciembre de 1991

sábado, 5 de marzo de 2016

En nombre del pecado

En la chimenea los leños crepitaban calentando nuestra habitación, iluminándola con reflejos de ocaso y perfumándola con aroma de pino silvestre. En las afueras del castillo la ventisca azotaba las contraventanas de roble, la tormenta abatía los torreones y el mar arremetía contra las rocas del acantilado. Yo estaba recostada en el lecho leyendo un libro mientras que él bebía una taza de vino caliente especiado con miel y canela sentado en un mullido sillón cerca del fuego.

Cuando terminó su reconfortante bebida tenía las mejillas ruborizadas, se puso de pie y empezó a desvestirse frente a mí consiguiendo que abandonara el libro en la mesa de noche para prestarle atención. Dejó caer su última prenda y se quedó de pie desnudo dedicándome ésa sonrisa tan suya, lasciva y al mismo tiempo inocente. Contemplé sus pectorales, su vientre y su pubis… con un gesto le indiqué que girara y me ofreciera la vista de su espalda y sus nalgas, recorrí con la mirada las huellas que mi látigo había dejado sobre su cuerpo la noche anterior.

No era necesario que le diera una orden, él sabía lo que tenía que hacer. Tomó el látigo que estaba colgado al lado de la chimenea, me lo ofreció con una reverencia y se arrodilló a los pies del lecho entregándose sumisamente al placentero castigo… acaricié con un dedo las marcas cárdenas e inflamadas sobre su espalda y sus nalgas, no era prudente someterlo a otra vapuleada. Dejé el látigo a un lado, desaté las cintas de mi camisón  y lo invité a buscar la calidez de mi cuerpo bajo las tibias cobijas de nuestro lecho prometiéndole una noche de amor y ternura.

Me besó con apasionada dulzura mientras deslizaba mi camisón hasta mi cintura, le permití que explorara mi boca con su lengua y que sus labios recorrieran el camino de mi cuello hasta mis hombros… me estremecí cuando escuché en lontananza el sonido del Cuerno de batalla, era la llamada de alerta del enemigo a la vista, lo ignoré confiando en la valentía de mis guerreros… dejé  que prosiguiera y deslizara sus manos hasta mis pechos, los estrujó suavemente y sus dedos jugaron con mis pezones… mi corazón se aceleró cuando el viento me trajo el eco del segundo llamado del Cuerno, el aviso del enemigo invadiendo nuestro territorio, me dije que mis valerosos guerreros contaban con toda mi confianza… él continúo perdiéndose bajo las cobijas trazando un sendero de besos húmedos desde mi vientre hasta mi pubis y se deshizo con destreza de mi camisón deslizándolo por mis piernas… pero mis pensamientos estaban en la Muralla de Hielo y mi deseo en tomar mi espada de argento para acompañar en la batalla a mis Lobos Guerreros.

Se acomodó entre mis piernas para dedicarse a la faena de humedecer mi deseo, la suave presión de sus labios sobre mi clítoris y sus aún inexpertos lengüeteos me causaron deliciosas oleadas de placer haciendo que me olvidara de la batalla y deseara sentirlo dentro de mi… se liberó del lio de las cobijas, se incorporó, me tomó de las caderas y me penetró… su hombría encajó dentro de mí con la precisión de una espada en su vaina, sus embestidas eran profundas y acompasadas… rodeé su cintura con mis piernas profundizando nuestra unión… entonces se detuvo, sin duda también había escuchado el tercer llamado del Cuerno, el pedido de refuerzos… buscó mi mirada, sus ojos de zafiro y azogue enfrentándose a mis ojos de cielo lluvioso… el espíritu de la Guerrera que deseaba acudir a la batalla en pugna con el alma de la mujer enamorada.

Quedamos suspendidos en un tenso silencio… en su mirada destelló el brillo del Lucero del Alba, me tomó con mas fuerza, sus dedos se hincaron en mis caderas, me embistió con ímpetu salvaje, su hombría me hirió como el filo de una espada y calló mis protestas con un beso… se estremeció por el placer del orgasmo llenándome con su tibia descarga y se quedó jadeante descansando sobre mi agitado pecho. Cuando recuperó el aliento se dio cuenta que yo no había terminado a su tiempo,  de inmediato se retiró de mi cuerpo e hizo un ademán de acomodarse entre mis piernas para compensar su falta pero lo detuve y me levanté presurosa del lecho.

- Permíteme que complete tu placer – me suplicó arrodillándose a mis pies.
- No hay tiempo para eso – le respondí empujándolo con suavidad y desvelando las nieblas de mi espejo mágico – los Lobos Guerreros necesitan refuerzos.

Conjuré la magia arcana de la Luna Azul para invocar a los Espectros del Invierno y los envié a la Muralla de Hielo a brindarles apoyo a los Lobos Guerreros. Contemplé el desenlace de la batalla mientras que él permaneció de rodillas guardando silencio. Tranquilizada con la victoria me senté en el sillón y le dije que me sirviera una taza de vino caliente especiado. Se demoró en reaccionar y cumplir mi orden, me entregó la taza bajando la mirada.

- Siéntate a mis pies, mi dulce Estrella de la Tarde – le dije cariñosamente, él obedeció y recostó su cabeza sobre mi regazo, acaricié su nuca y despeiné su cabello.

Cerré los ojos, el conjuro me había dejado agotada. La ventisca ya no azotaba las contraventanas de roble y la tormenta rugía lejana… entonces sentí sus manos subiendo por mis piernas, aún se empeñaba en subsanar su falta, lo rechacé con delicadeza.

- No, amor mío… estoy cansada – le dije – vamos a dormir.
- Perdóname – musitó – azótame hasta desollarme las espaldas, sé que lo merezco.
- No quiero dejarte cicatrices – le respondí.
- Entonces usa el mango del látigo u otro objeto para castigarme, viólame hasta que me destroces las entrañas – me dijo suplicante.
- No, cuando te hago mío de aquella manera lo hago por amor y procurando tu placer, nunca te poseeré brutalmente como un castigo – le aclaré.
- Entonces envíame al cepo de la vergüenza y entrégame al jefe de los Lobos Guerreros para que me humille y me sodomice – sugirió.
- No digas tonterías – lo amonesté – no te sientas culpable, son cosas que pasan.
- No te di placer, busqué sólo mi satisfacción – añadió – merezco un castigo.
- Bien, si tanto insistes – dije poniéndome de pie – ésta noche dormirás en el suelo, toma un par de cobijas del baúl y acomódate.

Obedeció mi orden de inmediato y se acurrucó en el suelo. Yo ocupé el lecho y me cobijé bajo las mantas impregnadas con su aroma. El fuego de la chimenea se apagó pero los leños quedaron en rescoldos saturando la alcoba con la fragancia de los pinos silvestres.

Cerré los ojos pero aunque estaba cansada no podía conciliar el sueño… necesitaba su cuerpo desnudo a mi lado, no por apetito sexual, lo necesitaba porque lo amaba… abracé una de las almohadas que olían a él. Se hizo la calma, sólo quedó de fondo el murmullo de las olas y me dejé mecer por el arrullo marino… poco a poco me fui adormeciendo rozando el sueño pero entonces escuché sus sollozos ahogados… me levanté del lecho y me arrodillé a su lado.

- No llores, amor mío… te castigué porque insististe en ello, quiero que te acuestes conmigo – le dije y tanteé entre las cobijas buscando su mano para guiarlo al lecho… entonces me di cuenta que había tomado el látigo y estaba forzando el mango dentro de su cuerpo – pero ¿qué haces?... te estás lastimando – le reprendí quitándole el látigo de las manos.
- Pero lo merezco – insistió.
- No, tú te mereces esto – respondí apartando la manta de mala manera, le separé las piernas con violencia, me acomodé entre ellas y le introduje dos dedos humedecidos con mi saliva, sentí su entrada lastimada, él ahogó un gemido… proseguí buscando su próstata y la masajeé suavemente hasta que sus gemidos de dolor se transformaron en jadeos de placer.

Con ése estimulo su erección no se hizo esperar, apliqué mi boca a su miembro viril presionando suavemente mis labios sobre su glande y luego recorrí su carne turgente en toda su extensión, saboreándolo lentamente y lamiéndolo con deleite… mis dedos siguieron masajeando su cálido interior y él jadeaba abiertamente… estaba atenta a las señales de su cuerpo, cuando sus jadeos fueron reemplazados por su respiración entrecortada retiré mis dedos y detuve el placer que le proporcionaba con mi boca… protestó mordiéndose los labios… lo mantuve en suspenso por un momento haciéndole creer que su castigo sería quedarse excitado y con la prohibición de aliviarse, castigo que le había aplicado un par de veces.

- ¿Me atarás o debo de mantenerme en la postura que me ordenes sin ataduras? – me preguntó.
- Lo segundo – le respondí – coloca tus manos bajo tu nuca y estira las piernas.

Obedeció sin protestar aunque su miembro viril estaba enhiesto y era evidente su incomodidad… entonces me senté a horcajadas sobre él empalándome con un solo movimiento y lo cabalgué casi con furia… noté que quería desobedecer mis órdenes para sujetar mis caderas pero mantuvo sus manos debajo de su nuca… percibí su deseo de que lo besara y sentí su angustia por tener que controlar su orgasmo. Cuando quedé satisfecha me levanté y le concedí permiso de masturbarse usando la mano izquierda, sólo necesitó tres movimientos de bombeo para acabar… para finalizar le ordené que se lamiera los dedos limpiándose hasta la última gota de semen… y luego lo besé apasionadamente saboreando todos los recovecos de su boca.

Nos quedamos abrazados por un largo rato hasta que nuestros corazones agitados recuperaron su ritmo normal, luego nos acostamos en el lecho para dormir juntos… me acomodé de lado y él me abrazó desde atrás estrechándome amorosamente contra su pecho. En esa postura podía ver de frente mi espejo que por el poder de su magia me mostraba la imagen de la Muralla de Hielo, señal de que el peligro aún rondaba.

- Te amo – me murmuró dulcemente al oído.
- Disculpa, debo hacer algo – le respondí con descuido porque en ése momento divisé a un espía del enemigo infiltrándose en nuestro territorio por un sendero supuestamente secreto.

Me levanté del lecho olvidando responder su “Te amo” con un “Yo también te amo” y un beso pero no tenía tiempo para esos arrumacos. Conjuré la magia arcana de mi espejo y recité un hechizo de invierno enviando a una Dama de las Nieves a seducir y matar al intruso. Por precaución también invoqué al viento y envié a mis lechuzas a volar por los confines del reino buscando a otros espías. Todo eso me dejó completamente agotada… volví al lecho y al refugio de sus brazos pero la preocupación no me dejó conciliar el sueño. Pasamos el resto de las horas en vela, zozobra y silencio… yo observando las imágenes aleatorias que me mostraba mi espejo mágico… él con mil palabras amorosas que no se atrevía a susurrarme al oído temblándoles en los labios. Pero cuando el alba estaba por despuntar él rompió su silencio.

- Tengo miedo de perderte – me dijo con voz trémula.
- ¿Por qué dices eso, dulce amor mío? – le pregunté girándome para mirarlo de frente.
- Porque sé leer entre las líneas de tus silencios – me respondió con tristeza – eres Reina, Bruja y Guerrera… sé que deseas vestirte de nieblas para danzar alrededor de la hoguera, volar como una libélula al alba y conjurar sortilegios en la tormenta… ansias empuñar tu espada de argento, cabalgar sobre tu bestia alada al frente de tus guerreros guiándolos en el fragor de la batalla y celebrar la victoria bebiendo vino con ellos en el salón del Templo de las Calaveras.
- ¿Lo dices por lo sucedido ésta noche? – le pregunté – reconozco que estuve un poco ausente durante nuestro encuentro amoroso pero tú también escuchaste los llamados del Cuerno y sabías que el tercero era el aviso de que los guerreros necesitaban refuerzos.

Refuerzos que tal vez no hubieran necesitado si yo hubiera acudido al segundo llamado montada en mi belicoso amaru a apoyarlos con mis hechizos defensivos… pensé pero no se lo dije.

- Lo digo por lo sucedido ésta noche… y por muchas otras noches en las que te he observado sin que te dieras cuenta – prosiguió con amargura – el Mar te llama y tú lo contemplas con nostalgia desde el torreón mas alto del castillo recordando al Guerrero de las Mareas que sigue esperándote en la playa de arenas blancas cada luna llena. Otras noches, después de que hemos hecho el amor y crees que yo me he quedado dormido, te levantas del lecho, te sientas en el sillón al lado de la chimenea y te sumerges en la lectura de los libros arcaicos y grimorios hasta que el fuego se apaga y las velas se consumen… entonces, cuando te quedas en tinieblas, añoras al Nigromante con quien conjurabas a las Sombras en el borde del Abismo.
- Bien, no lo niego – admití – a veces pienso en ellos porque han sido mis amantes por muchas vidas y me han acompañado en innumerables batallas… pero ahora eres tú quien ocupa mi lecho.
- Yo no encajo en éste mundo de fantasía épica – prosiguió – he visto tu decepción porque no sé manejar una espada ni montar un corcel de tormenta. Tus guerreros me miran con desprecio y  murmuran a mis espaldas preguntándose que virtudes encuentras en mí que me hayan hecho merecedor de compartir tu lecho… dicen que sólo soy tu capricho.
- Hablan por despecho – le respondí – te amo.
- ¿Por qué me amas? – me preguntó con una lágrima temblándole en las pestañas – no soy un guerrero, tampoco un hechicero… soy tan diferente a todos ellos.

Lo que decía era cierto… él era tan diferente a mis anteriores amantes y a mis guerreros. Nunca había recibido entrenamiento como guerrero ni instrucción como hechicero… sin embargo él era el único que tenía el derecho de empuñar los dos cetros, el poder de blandir la espada legendaria y la magia innata de ser la llave del portal del tiempo.

- No seas tonto – le dije buscando en mi misma los motivos por los cuales lo amaba – te amo, tan simple como eso… me enamoré de tus ojos, tienes la luz azul argento de la Luna en la mirada… tu sonrisa es como un rayo de Sol rompiendo la oscuridad de mis noches aciagas… tu voz me seduce como el canto de las sirenas seduce al experto marinero que ha recorrido todos los mares tormentosos, tu cuerpo despierta en mí deseos prohibidos y tu dulce inocencia es una descarada provocación que me invita a corromperte… entre tus brazos hallo tanta serenidad y calma... en ti encuentro todo lo que a ellos les falta.

Y aún había un motivo más… uno tan terrible que haría blasfemar a los demonios del infierno.

- Sin embargo a veces siento que todo lo que te ofrezco no te basta – me respondió bajando la mirada – las palabras que acabas de decirme son muy hermosas pero me confirman que mi único mérito es ser un juguete novedoso, un bonito capricho… un capricho que ya no te parece tan atractivo y empieza a aburrirte.
- No digas eso – dije levantando su mentón para mirarlo a los ojos.
- Es verdad – me respondió – ésta noche dejaste el látigo de lado al notar mi piel tan lastimada y te quedaste con sed de sangre.
- Es cierto – admití – pero no quería lastimarte demasiado.
- Pero yo te amo y lo que mas deseo es complacerte – me respondió con devoción – te ruego que no vuelvas a tenerme consideración… te pertenezco, permite que te satisfaga como lo haría un buen esclavo de lecho, úsame como te plazca… no quiero perderte.
- ¿Estás dispuesto a hacer cualquier cosa para no perderme? – le pregunté, él asintió – entonces danza conmigo en el fuego del atardecer en el límite del Ocaso, brilla como una luciérnaga en mis noches embrujadas, bebe el vino especiado del Cáliz Oscuro en el Ritual de Medianoche… permite que te enseñe a usar la espada, a cabalgar en un corcel de tormenta y a escribir sortilegios en el viento con la vara mágica… acompáñame en las batallas y hazte a la mar conmigo.
- ¿Y si fracaso en el intento? – me preguntó dudando de su potencial.
- Soy una Bruja, tú mismo lo has dicho – le respondí tomando sus manos entre las mías – sé que aunque aún no lo hayas descubierto tienes espíritu de shaman y corazón de guerrero.
- Me sobrevaloras – dijo con tristeza – sólo... sólo soy lo que soy.
- Cierto, eres lo que eres – le restregué su respuesta en la cara – sangre de nuestra sangre, carne de nuestra carne, esencia de Luna y Sol, hijo de Lilith y Lucipher… eres mi hijo… amarte como te amo es el pecado más hermoso que he cometido, desearte como te deseo era inevitable… aprende a ver en la oscuridad y no temas aceptar que eres mi dulce y amado Vesphurs.

Liliana Celeste Flores Vega - febrero 2016
Imagen: Google

lunes, 8 de febrero de 2016

Lluvia de noviembre

En la soledad de mi habitación, la lámpara a media luz y el corazón en penumbras cuando el espejo se nubló. Era noviembre... y llovía.

Me asomé al abismo de sombras. Los fármacos me habían alejado de las visiones y el psiquiatra me había advertido que no invocara a los fantasmas pero el espejo se había abierto sin que yo lo deseara y la curiosidad pudo más que el miedo... aullidos de viento, gris bosque de árboles gigantescos, un guerrero tendido sobre la hojarasca... rubios los cabellos... era el Príncipe de las Nieblas y estaba herido.

El granizo empezó a caer sobre sus desnudas y desgarradas espaldas, él se despertó… con dificultad se puso de pie, con su cuerpo había protegido a una niña rubia como el sol y pálida como la luna, al parecer la niña también estaba herida. Recogió su capa, la sacudió y abrigó a la niña… uno, dos pasos... no pudo continuar y cayó... intentó levantarse nuevamente... lo logró... uno, dos, tres pasos... lentamente pudo llegar al cobijo de un frondoso árbol y se recostó contra el rugoso el tronco.

Con caricias y el vaho de su aliento confortó a la niña y ella abrió los ojos... ojos hechizadores de cielo marino. Besó en los labios a la niña, pero no era un beso… aquella boquita le pedía sangre, él había mordido sus propios labios y ofrecía su boca para calmar la sed de la pequeña. Un rugido estremeció al bosque pero el bramido de la bestia iluminó de esperanza el semblante desfalleciente del Príncipe de las Nieblas.

Un gigantesco amaru asentó sobre la nieve su garra gigantesca. Sobre la bestia iba montada una desmelenada belleza, dorados los cabellos y ojos turquesas, con el rostro pintado con una franja de ocre rojo contrastando con la blancura de su piel, vestía como una guerrera y llevaba un garrote.

- ¡Shia! - exclamó el Príncipe de las Nieblas - no pude... no pude defenderla... perdóname.

La Luna de la Muerte se apeó de la bestia y tomó entre sus brazos a la niña. De las sombras surgió el Príncipe de la Muerte montado en su corcel macilento, se apeó de su esquelética cabalgadura y con la fusta azotó al Príncipe de las Nieblas una, dos... diez veces... hasta dejarle el pecho surcado de líneas cárdenas, no satisfecho lo pateó en el rostro clavándole la espuela en la mejilla pero antes de que repitiera el brutal golpe Shia lo detuvo y puso en sus brazos a la niña herida.

El Príncipe de la Muerte recibió a la niña con ternura infinita, la pequeña se aferró a él ansiosa de buscarle los labios. Shia auxilió al Príncipe de las Nieblas... se arrodilló y con un pañuelo de lino le limpió el rostro ensangrentado, menos me hubiera sorprendido que un rosal no diera espinas que aquel gesto de ternura de tan belicosa belleza… ella lo ayudó a montar sobre el amaru mientras que el Príncipe de la Muerte montaba su corcel fantasmagórico con la niña en brazos.

Era noviembre... y llovía. Cerré los ojos... sabía que era el comienzo de una maldita historia sin fin pues aquella pequeña era la Emperatriz Niña del Reino Fantasía. Amaru: Dragón, serpiente o quimera de los Andes.

Liliana Celeste Flores Vega - noviembre 1999 

viernes, 22 de enero de 2016

Falenas

Ya era tarde y teníamos deseos de tener intimidad, le dimos las buenas noches a doña Francisca y subimos a la habitación que nos habían designado. La cama colonial con cortinajes de brocado nos estaba esperando. Encendimos un par de varitas de incienso de canela y clavo de olor para alejar el olor a humedad que aún persistía y las velas de los candelabros de bronce que estaban sobre la cómoda y las mesitas de noche… era una atmósfera deliciosamente romántica. Nos besamos y empezamos a desvestirnos, yo desnudé a Damon pero no le permití que él me despojara de mi ropa interior.

Le recordé los planes que tenía para él con la cama colonial, le dije que se acostara y lo até a los postes de la cama con mis pañolones de gasa. Teniéndolo atado disfruté el acariciarlo lentamente recorriendo con mis manos y labios su perfecta anatomía… Damon me respondió de inmediato con una erección que a propósito obvié atender y me restringí a acariciar el interior de sus muslos y su vientre para exacerbar más su excitación. Luego busqué en mi mochila el látigo con el que acostumbraba fustigarlo, era casi un juguete a comparación del que había usado Todd… así que no tuve reparos en castigarlo descargando latigazos sobre su pecho, vientre y muslos a pesar que se le notaban las huellas de la azotaina anterior.

Los primeros latigazos siempre le sacaban una sonrisa traviesa casi burlona por lo poco que le dolían mis golpes pero cuando yo mantenía un ritmo constante e iba aumentando la intensidad de los latigazos Damon cambiaba ésa sonrisa por un delicioso mohín de dolor placentero que hacía mordiéndose el labio inferior… yo seguía descargando golpe tras golpe tenazmente sobre su piel enrojecida hasta que finalmente él cerraba los ojos, entreabría los labios y me obsequiaba con sus gemidos de dolor y jadeos de placer. Nunca pasábamos de ése límite… yo sabía que si seguía descargando latigazos sobre su piel cuando estaba caliente y enrojecida corría el riesgo de abrirle heridas… y que él lo permitiría sólo para complacerme.

Me despojé de mi ropa interior y me acomodé entre las piernas de Damon para prestarle a su miembro viril la atención que se merecía... él estaba aprendiendo a contenerse, cada vez toleraba mas estimulación simultánea sin eyacular antes de lo previsto y yo podía disfrutar por un tiempo prolongado del lamer y mordisquear suavemente su pene erguido a la vez que acariciaba sus testículos y deslizaba un par de dedos entre sus nalgas tanteándolo sin forzarlo… esperaba que pronto estuviera listo para introducir algunos juguetes a nuestros encuentros íntimos.

Hasta el momento no se nos había aparecido el fantasma de la madre del dueño del caserón ni se había manifestado otra entidad de las que acostumbraban fastidiarnos la noche. Todd nos había dicho que nosotros atraíamos a los seres del más allá cuando follábamos porque muchos de estos se alimentan de energía sexual y encontraban especialmente apetecible la nuestra porque ambos éramos “shamanes”… nos había recomendado que hiciéramos un domo protector cada vez que tuviéramos intimidad pero el frenesí pasional hacía que casi siempre nos olvidáramos de hacer el susodicho domo protector.

Se me ocurrió que la cama de dosel, por su forma y por magia absurda, podía estar cumpliendo con la función de un domo protector. Levanté la cabeza y vi que el armazón que sostenía el techo de brocado formaba algo parecido a un sello de protección… recordé que el abuelo del dueño del caserón había sido espiritista y acostumbraba hacer sesiones con sus amigos, era lógico que tomara la precaución de proteger de entidades el lugar en donde dormía con su esposa. Entonces comprendí la sugerencia del arqueólogo de que nos acomodaran en ésta habitación… con tantos “poseídos” cerca era seguro que cuando Damon y yo hiciéramos el amor el caserón se convirtiera en algo parecido al despertar del Pandemónium… el arqueólogo había previsto eso.

Noté que a Damon le estaba costando contenerse y decidí satisfacerlo de una vez… me senté a horcajadas sobre él empalándome con su miembro viril de una sola sentada y lo cabalgué hasta hacerlo llegar al orgasmo. Me di cuenta de cuanto placer me daba darle placer. Recordé que con Luis nunca había sido así, para mí Luis tenía la obligación de satisfacerme primero… pensé que tal vez si me estaba enamorando de Damon.

Luego me acomodé en una postura adecuada para que Damon pudiera satisfacerme oralmente… apoyé mis rodillas sobre sus hombros pero para mantener el equilibro, y no hacerle mucho peso, me sujeté con ambas manos de la cabecera de la cama. El placer que me provocaban sus lamidas me hizo hacer traquetear la cabecera de la cama y de improviso nos vimos envueltos en una nube de polillas enormes, seguramente habían estado dormidas entre los pliegues de los cortinajes de brocado y las sacudidas las sacaron de su letargo. Me encantó, aunque a él le asustaron un poco… para mí fue como vernos envueltos por la danza de las hadas nocturnas.

Después lo desaté y fue mi turno de ser atada en la cama. Damon sólo me ató las manos y no quiso usar el látigo sobre mi cuerpo, se dedicó a acariciarme y besarme hasta que su erección le exigió penetrarme… mientras que él me poseía las polillas revoloteaban a nuestro alrededor y hasta se posaban sobre nosotros, para mí eso era algo simplemente mágico. Damon les perdió la aprensión e ignoró a las que se atrevieron a posarse sobre su espalda comprendiendo que esas criaturas nocturnas se deleitaban con nuestros amoríos… una de las polillas se inmoló en las flamas de una vela y el olor que desprendió al quemarse fue semejante al almizcle.

Esa vez fui yo quien llegó primero al orgasmo y sin pensarlo le dije: “Te amo”… simplemente las palabras me salieron del alma, el corazón y las entrañas que me latían sintiéndolo dentro de mí. Damon se quedó mirándome incrédulo, luego reaccionó y me besó apasionadamente… rodeé su cintura con mis piernas mientras que él eyaculaba… luego él se quedó abrazándome hundiendo su cabeza sobre mi hombro en el revoltijo de mis cabellos enmarañados. Cuando se incorporó vi que sus mejillas estaban húmedas de lágrimas.

Damon me desató y nos acomodamos para dormir abrazados como acostumbramos hacerlo: Yo acostada de lado dándole la espalda y él pasándome un brazo alrededor de la cintura pegándome a su cuerpo… y quejándose de la mata que hace mi cabello que terminaba acomodándome hacia arriba en una especie de moño anudado para dejar libres mi cuello y mis hombros que le gustaba besuquear hasta quedarse dormido.  

Liliana Celeste Flores Vega - enero 2015
Imagen: Google

Nota: Esto es un fragmento del Capitulo 06 “El demonio en el pozo” de mi novela de terror sobrenatural con tintes eróticos “Los Dioses sin Nombre” que pueden encontrar publicado en éste blog.

martes, 29 de diciembre de 2015

La Torre de ámbar

Desperté, estaba envuelta en la capa de Aiec Paec y acostada sobre un lecho improvisado, busqué al guerrero inmortal con la mirada y lo vi a la orilla de un enorme lago azul espejo en el que no había reparado antes asegurando la vela de una balsa hecha con totoras, por un momento me sentí aturdida pues no comprendía como no había podido ver el lago antes pero lo entendí cuando vi a mí alrededor, al parecer Aiec Paec me había traído hasta allí mientras yo dormía.

Aiec Paec me tomó entre sus brazos y me subió a la balsa, tomó los remos... mientras nos alejábamos de la orilla del lago que se encuentra entre las nubes contemplé las ruinas humeantes de lo que fuera el magnífico centro ceremonial de Tiahuanacu, un estremecimiento recorrió mi cuerpo al divisar el Portal del Sol derrumbado y partido en dos... mis ojos no pudieron apartarse de la visión de las ruinas hasta que llegamos al centro del lago y el pasaje astral se abrió, levanté mis ojos y vi a Aiec Paec quien también miraba hacia la lejana orilla pero no observaba las ruinas, vigilaba la distancia y el dolor por dejarlos a ellos sobre la realidad de una región devastada se posó sobre sus ojos indefinidos entre azul y verde como una sombra.

Aiec Paec remó un poco más hasta que la balsa entró a la columna de luz, aquella luz nos envolvió y por un instante solo existió ese destello argentino y gélido... una sacudida... y la luz se desvaneció en suave neblina que flotó por un momento sobre la superficie de las aguas azules, cuando se disiparon por completo pude ver que ya no estábamos en el centro del lago, estábamos en medio de un inmenso mar... me arrebujé en la capa del guerrero inmortal y cerré los ojos desalentada por la panorámica inacabable de agua. Aiec Paec remó en el Mar de la Eternidad infatigablemente, por momentos yo despertaba de mi sueño y solo divisaba cielo y mar, cielo y mar... entonces volvía a cerrar los ojos dejándome mecer por el suave vaivén de las olas. Creí que habíamos navegado por una eternidad cuando Aiec Paec aseguró los remos y dejó que la corriente llevara la balsa; se recostó a mi lado, instintivamente busque el calor de su cuerpo  y lo interrogué con la mirada... él dejó escapar un leve suspiro, acarició mi mejilla y me besó tiernamente en los labios, aquel beso me confortó y me acurruqué en su pecho.

Un rayo de luz hirió mis ojos y los abrí, amanecía pero aún la visión del panorama era sólo de cielo y mar. Aiec Paec estaba despierto pero no había querido despertarme quitándome el abrigo de su cuerpo; supe que él tenía que seguir remando y me resigné a arrebujarme con su capa lo mejor que pude... intenté mantenerme despierta pero la inmensidad del Mar de la Eternidad volvió a abrumarme entonces fijé mis ojos en la espalda de Aiec Paec, había atado su larga cabellera color azabache en una coleta y el movimiento monótono de sus hombros al remar  terminó por hundirme otra vez en el sueño. Al atardecer la calina nos rodeó pero entre la bruma pudimos divisar las costas de Néphula.

Llegamos a la Playa del Silencio de noche, entonces la vi: Entre nieblas azules, espectral y lejana, casi irreal en su fantasmagoría se alzaba la Torre de Ámbar... Aiec Paec dejó la balsa atracada en el roquerío e hizo ademán de tomarme entre sus brazos pero yo le dije que intentaría caminar pues sentía las piernas entumecidas y deseaba moverlas para entrar en calor, él me ayudó a ponerme de pie pero me alzó en vilo al verme flaquear. A unos pocos pasos un guerrero estaba sentado sobre una roca, al vernos se puso de pie poniendo en manifiesto su magnífico porte: Su larga cabellera oscura estaba atada en media coleta, vestía un elegante uniforme de gala de  terciopelo, sobre éste llevaba una coraza que relucía con un brillo argentino y una espada con empuñadura de rubíes colgaba de su cinturón, pero lo que más me impresionó fueron sus ojos ígneos como dos carbunclos.

- Lars a vuestras órdenes - dijo haciéndome una reverencia marcial - si no lo recordáis yo soy vuestro guardián personal y... 
- Yo cuidaré de ella como cuando era una niña, el mismo Príncipe de la Muerte me la encargó -  dijo Aiec Paec con una severidad que no imaginé en su semblante, por un instante ambos se miraron como si midieran sus poderes, finalmente Lars cedió haciendo una cortés reverencia que se notó fingida y diplomática - ¿Trajiste el carruaje? – preguntó Aiec Paec y Lars le respondió asintiendo con la cabeza sin ocultar el brillo furioso de su mirada de fuego.

Liliana Celeste Flores Vega - 2002 

Lágrimas

Mi cuerpo estaba entumecido con una rigidez casi pétrea, yacía en una duna semienterrada por las rojas arenas calcinadas y la sed me atormentaba. El veneno corría rápidamente a través de mis venas y el sueño vencía mis cansados ojos, yo sabía que si cedía moriría... y deseaba morir...

Cerré mis ojos y me preparé para descender a la oscuridad cuando escuché que una voz gritaba mi nombre, pero el grito me llegó solo como una sombra del sonido demasiado lejana como para abrigar esperanzas y cedí a la oscuridad que me arrastraba. Me hundía en un torbellino sanguinolento y oscuro, deseaba seguir cayendo y cayendo pero de pronto un golpe seco me arrancó la deliciosa sensación de vértigo... me estaba hundiendo en las arenas y mi cuerpo estaba petrificado, sin embargo era una sensación agradable, carente de dolor... cuando mi voluntad estaba a punto de ceder nuevamente aquella lejana voz gritó mi nombre pero ésta vez me llegó una imagen con el sonido lejano y angustioso: La silueta de un hombre de largos cabellos oscuros embozado en una capa de tinieblas... algo dentro de mí se rebeló contra la fuerza que me arrastraba inexorablemente al olvido, un tamborileo insistente que fue correspondido por un redoble dentro de mi pecho que en un principio me pareció ajeno y luego reconocí como los latidos de mi corazón.

Intenté luchar pero ya era demasiado tarde, mi cuerpo estaba petrificado, perdida toda sensibilidad, solo la angustiosa sensación de que mis esfuerzos eran inútiles. Mis ojos empezaron a cerrarse en contra de mi voluntad y mi corazón empezó a latir más lentamente pero de pronto unas gotas de lluvia humedecieron mis resecos labios y bebí aquellas gotas  saladas, pasaron por mi seca garganta y fue tan vivificante como beber del manantial de la vida, mi corazón empezó a bombear sangre y ésta sangre circuló por mis venas  devolviéndole la sensibilidad a mi cuerpo petrificado.  Recuperé mis fuerzas y luché para no quedar enterrada por las arenas y lo logré, entonces abrí los ojos: Estaba entre los brazos de un hombre que lloraba y besaba mis mejillas y mis labios con desesperación, pero no era el hombre embozado en la capa de tinieblas que yo había visto cuando el veneno me convertía en piedra, era un hombre joven de largos cabellos dorados y hermosos ojos azules, más hermosos empañados por el cristal de las lágrimas que me habían salvado la vida.

El hombre de largos cabellos oscuros estaba sentado con la espalda encorvada y la cabeza echada hacia delante, con la frente tocando sus rodillas y el cabello cayéndole sobre el rostro, recostado a un muro de piedra semiderruído frente a nosotros en una  postura absolutamente desconsolada parecía formar parte de las ruinas de lo que a mi confuso entendimiento le pareció un templo destruido por el poder de un dios furioso y malvado. Al sentir mi mirada sobre él levantó su rostro, aún incrédulo me dijo:

- Creímos que te habíamos perdido – extendió su brazo hacia mí  y sentí sus fríos dedos acariciando mi mejilla, pude ver que tenía la muñeca atada con un jirón de tela que estaba totalmente embebido en sangre – intenté... despertarte dándote de beber mi sangre... pero... no entiendo, las lágrimas...

El hombre joven de cabellos dorados aún me sostenía entre sus brazos  cuando el hombre de largos cabellos oscuros me abrazó. Era placentero sentir ése doble abrazo, una dulce somnolencia me envolvió, me sabía protegida y estaba agotada, cerré los ojos deseando quedarme dormida con la cabeza apoyada sobre el pecho del hombre joven de cabellos dorados y cobijada por el abrazo del hombre de la capa de tinieblas cuando un estruendo nos sobresaltó a los tres: en el horizonte una centella roja surcaba el cielo...

- ¡Jian Oog se llevó los dos cetros! - exclamó una voz de trueno y frente a nosotros surgió un guerrero inmortal, sus largos cabellos negros como la noche enmarcaban su pálida faz en la que sus ojos irreales indefinidos entre azul y verde fulguraban de rabia - ¡Estás con vida! - exclamó al verme y su semblante se suavizó  por una vaga sonrisa.

Un segundo después de que el guerrero inmortal terminó de hablar un resplandor azul estalló a su lado y apareció una hermosa mujer de rubia cabellera alborotada que le llegaba a la cintura, una línea dibujada con terracota destacaba en su níveo rostro sombreando sus ojos semejantes a dos turquesas, su belleza salvaje era una amalgama de fragilidad y fuerza, delicada como una princesa pero algo innato en ella la delataba como guerrera.

- ¡No encuentro a Coalechec!... y mi amaru... ¡mi amaru está muerto! - exclamó desesperada y el hombre de largos cabellos oscuros abrió los labios para decir algo pero fue interrumpido por la súbita aparición de un joven guerrero de largos cabellos dorados que caían como una cortina de oro sobre sus espaldas, jadeaba y sus ojos de un azul profundo rutilaban de ira.
- ¡No está!... Coalechec no está en ningún lado... lo busqué... entre las ruinas - dijo el joven guerrero agitado - Shia, encontré esto - dijo entregándole a la hermosa mujer un garrote que ella tomó como si la pesada arma fuera ligera.
- Shia, Xiuel... Jian Oog se llevó los dos cetros, vamos tras él - dijo el hombre de la capa de tinieblas dirigiéndose a la hermosa mujer y al joven guerrero -  Aiec Paec, cuídala... llévala a la Torre de Ámbar – añadió, me levantó entre sus brazos y me entregó al guerrero inmortal, quien me recibió devotamente - nosotros iremos tras ése miserable.

Vi como el hombre joven de dorados cabellos se ponía de pie y Xiuel se fusionaba con él formando un solo ser, silbó y dos corceles de tormenta descendieron velozmente del cielo, él montó uno de los corceles, el hombre de la capa de tinieblas montó el otro y le ofreció su mano a Shia ayudándole a subir a la grupa del fantasmagórico corcel, en un instante eran solo dos puntos de luz oscura en la inmensidad del cielo nocturno.


Me cobijé en el pecho del guerrero inmortal, su contacto fue reconfortante, un aura lila me arrebujó suavemente y el sueño descendió sobre mis párpados como una caricia dejando atrás mi confusión, la angustiosa pesadilla y las dunas de rojas arenas.

Liliana Celeste Flores Vega - 2002 

sábado, 26 de diciembre de 2015

La sombra de las alas de Lilith

Bebí de la sangre del Draco, ígnea esencia inmortal, veneno escarlata que trasmutó mi esencia almática convirtiéndome en quimera de sueños, pesadilla hecha realidad.


Soy Hija de la Luna, la Elegida Primigenia, en mis manos tengo el poder de Su cetro de Argento para juzgar a los de Raza Inmortal... soy la hierática sacerdotisa que danza entre las tumbas al compás de las melodías forjadas en el silencio, canto los dulces arrullos de la Dama de la Muerte y mis letanías pueden callar a un Dios.


Le di a mi querido amante mi palabra de honor, sagrada promesa de Luna Enamorada hecha al Mar, de que no me inmiscuiría en sus contiendas con el einherjer del Norte... como dama azul sé respetar el honor de un guerrero, até mis manos para no lanzar hechizos a través del espejo y mordí mis labios para no lanzar una maldición en alas del viento... solo las libélulas saben cuantas lágrimas derramé sobre el nebuloso cristal.



Pero ésta madrugada comprobé que eras tú quien movía los hilos que hicieron que la mano del einherjer domador de truenos empuñara el puñal... juro que no tocaré a tu marioneta, del cargo de traidor se le concede el beneficio de la duda y la disculpa de actuar bajo tu imperio, por eso no dañaré ni uno solo de sus rubios cabellos... solo cortaré las manos del titiritero.

Draco de Hielo, Lobo de Plata que quisiste sentarte en el Trono de Sombras usurpando el brillo del Lucero... ironías del destino, absurdas leyes del caos, la sospecha de traición no bastaba para cortarte el cuello... pero heriste al mas amado de mis Lilitus, el primero a quien en un beso le di de beber mi veneno... rompiste el pacto, un Dios no debe de meter sus divinas narices en un duelo de shamanes... ahora como madre, amante y mano izquierda de la Diosa Emperatriz reclamo mi derecho.



Las nieblas te envuelven como un sudario... levanto mi velo... ¡Mira la cara oculta de la Luna y contempla petrificado como desciende del cielo la Lechuza que te sacará los ojos!



Y ya está hecho... la perla primigenia del séptimo quedará guardada en una ostra, hundida en las profundidades del Mar.... he allí su condena: Eternamente mecido por las olas.



Que sirva de ejemplo: Lilith defiende a sus abrazados y a sus hijos con furia de amante y amor de madre.



Y tú, einherjer del Norte... ahora sin las ventajas que un Dios traidor te concedía, si aún hay cuentas pendientes entre tú y el guerrero de las mareas, pelea limpio, hombre a hombre... Lilith no proyectará la sombra de sus alas si es un duelo de caballeros.



Liliana Celeste Flores Vega - agosto 2008

domingo, 6 de diciembre de 2015

Noche de Luna Negra

Noche de Luna Negra

Mi mente aún no se recupera de la visión atroz de aquella noche maldita, hace una semana, en la que el Guerrero de la Luna se ofreció voluntariamente al sacrificio ritual de la Huaca de la Luna de los Muertos condenándose a ser la próxima victima de la Diosa que cena y danza con los cadáveres.

Me atrevo a correr la cortina de lo irreal para averiguar que sucedió con el Príncipe de las Nieblas. Noche sin luna o mejor dicho, noche de luna negra. Mi espejo de tinieblas me muestra una extraña escena: La Fantasmala viste sus galas negras y luce sus joyas de plata, sentada frente al espejo le da los últimos toques a su tocado, asegura su velo tejido con hilos de noche con espinas de rosas blancas y baja las escaleras tan bella como una viuda siniestra... en el descanso del séptimo piso le da el alcance un caballero vestido con la elegancia de un noble de la corte de Francia llevando duelo, lleva sus cabellos color cobre atados en una coleta y los ojos verdes sombreados en negro, le ofrece con galantería su brazo a la sombría dama ella le da un beso en la mejilla y lo enlaza.

Los dos descienden por las escalinatas de piedra patéticamente iluminadas por antorchas mortecinas adosadas a los muros de piedra hasta el tercer piso de la atalaya de ámbar. Entran a un amplio salón adornado con cuadros blasfemos y amoblado con elegantes muebles de madera tallada, ella toma asiento en una butaca doble, él sirve dos copas de vino, le ofrece una y se sienta a su lado... brindan… charlan placenteramente, él la mira con arrobamiento, ella le sonríe coqueteándole tras el velo. Sus coloquios son interrumpidos por el repiqueteo de una campanilla, ella se angustia, él aprieta sus manos entre las suyas para calmarla, se pone de pie y abre de par en par las puertas del balcón... él le hace un gesto para que se acerque, ella se niega, él insiste… finalmente la bella dama de negro se asoma por el balcón.

La Fantasmala asoma por el mirador con los atavíos de la luna negra… abajo en el patio, el Guerrero de la Luna, vistiendo su armadura de argento y portando la mítica espada la saluda hieráticamente. Ella le corresponde con una sonrisa triste… el Guerrero de la Luna desenvaina su espada, la luce y la hoja resplandece como un rayo de luna en la negrura de la noche arcana, la clava en tierra y seguidamente se despoja de su armadura. Finalmente se queda en gregüescos y camisa blanca, echa hacia atrás su cabellera dorada con ese aire de arrogancia en él característico, la dama enlutada desprende una rosa blanca de su tocado y se la lanza, él la recoge y la estruja hasta hacerse sangrar la mano con las espinas. n lontananza se distinguen las siluetas de cuatro jinetes espectrales a toda marcha.

Los Cuatro Caballeros de la Muerte llegan presurosos. Los cuatro corceles caracolean bajo el balcón desde donde La Luna Negra se abanica con desfalleciente aspaviento de dama antigua... los cuatro jinetes malditos saludan a la damisela, ella cierra de golpe el fino abanico y ellos hieren a sus corceles con las espuelas, obligándoles a correr en círculos alrededor del Guerrero de la Luna.

Liliana Celeste Flores Vega - abril 1991




sábado, 5 de diciembre de 2015

Preludio y Sacrificio en Cerro Blanco

Preludio

Por la virtud que enlaza mi pensamiento con la magia de la Hechicera Fantasma el espejo se nubló y me mostró visiones fantásticas.

Con un vestido de nieblas y la oscura cabellera recogida como al descuido con cintas perladas, la Fantasmala atisbaba las lontananzas desde el mirador de su atalaya. La azul mirada perdida más allá de las vastedades del reino del que es soberana pretendía desentrañar los augurios del reino de las almas.

Ella meditaba en silencio como deseando descifrar los rumores del viento… pero su taciturna plegaria fue interrumpida por el guerrero que se emboza en su capa de tinieblas. Él la abrazó ciñéndola de la cintura, ella echó hacia atrás su cabeza para recibir un beso… las tres lunas de plata se alinearon y se abrió el portal del tiempo.

En la región donde Shia extiende su poderío los guerreros de la Huaca de la Luna culminaban los últimos detalles de una ceremonia al pie del Cerro Blanco. Las notas de una quena entristecían la noche que se anunciaba funesta y maldita como todas aquellas en las que la Diosa Sanguinaria reclama sacrificios que halaguen su perversidad insana.



Sacrificio en Cerro Blanco

Muchas veces he presenciado gracias a la magia del portal los ritos que se celebran al pie del Cerro Blanco en honor a Shia, la Luna de los Muertos: Quenas, tamboriles y pututos dan inicio a la ceremonia. Dos jóvenes y robustos muchachos vestidos con sus mejores galas de guerreros inician un ritual macabro mitad lucha y mitad danza en la que se busca quitarle el penacho o cortarle la trenza al rival. El que pierde el casco emplumado o la trenza recibe sin piedad un golpe de maza en la cabeza y es degollado al instante por el vencedor quien también abre su pecho y le arranca el corazón que aún palpitante ofrece a la Diosa quien contempla, con serena satisfacción desde su trono de huesos, como sus amantes sacrifican sus vidas por la promesa de sus engañosas caricias y venenosos besos.

El cuerpo del perdedor es despeñado desde la cumbre del Cerro Blanco y su cuerpo queda expuesto al aire libre en el patio a merced de las aves de rapiña que le pican los ojos y comen los labios. El vencedor se acerca donde Shia y se arrodilla, ella le ofrece un kero rebosante de chicha de jora que él bebe, luego ambos pasan al macabro salón del banquete en donde cenan acompañados de esqueletos despellejados... música y danza... hacen bailar a los muertos como marionetas y la argentina risa de la Diosa hace vibrar las paredes de barro del Templo maldito de la Luna…. abunda la chicha, se enciende la lujuria... Shia lleva a sus aposentos al vencedor. El guerrero se convierte en uno más de los amantes de la Diosa… recibe honores, oro y respeto, una porra y la promesa, siempre engañosa de la luna, de otro beso.

Pero aquella noche estaba envuelta de presagios peregrinos, los guerreros de Shia celebran cuatro veces al mes el mismo ritual sanguinario para celebrar las fases de la lumbrera de plata, tan veleidosa como la Diosa infame que viste túnica blanca. Para la Hechicera Fantasma no es novedad que otro amante de Shia, ebrio de pasión insana, se inmole… pero ella estaba en el mirador de su atalaya de ámbar escudriñando la noche incierta  e incluso el guerrero de la capa de tinieblas demostrara interés en contemplar un ritual arcaico que a sus ojos debería de tener antigüedad de siglos... algo inusitado iba a suceder, un tamborileo que resultó ser el latido de mi corazón fue el único ruido que se escuchó durante varios minutos.

Entonces sucedió. La primera impresión fue de sorpresa, por los presagios que traía el viento se esperaba que un descomunal dragón de siete cabezas con azufrado aliento descendiera en la terraza amenazando devastar el santuario escupiendo llamaradas por sus fauces o que un ejército de guerreros bestias montados sobre lobos irrumpiera con antorchas y espadas en el patio sagrado del Templo de Shia… pero fue un muchacho vestido a la humana usanza moderna quien atravesó resuelto el patio y retó con su fría mirada azul a los guerreros de rostro pintado con terracota y ocre negro quienes incrédulos lo miraban con asombro titubeando si atacarlo con las porras o esperar en suspenso a que el muchacho hiciera o dijera algo.

Shia descendió por la rampa vestida con una túnica blanca de lino finamente bordada con hilos de plata en el ruedo, el hermoso pectoral de argento relucía con lunar destello y las magníficas turquesas engarzadas quedaban opacadas por la luz de sus ojos divinos sombreados con ocre negro a la usanza de las deidades moches, su alborotada cabellera de oro bruñido le pasaba la cintura y entre su melena se confundían sierpes cual medusa... ella era una visión capaz de deslumbrar a los Dioses pero el muchacho se mantuvo de pie desafiando su belleza anacrónica, ambos quedaron frente a frente, ella alzó sus brazos desnudos adornados con brazaletes de plata ennegrecida con hierático gesto de diosa lunar y su aura azul destelló haciendo gala de luz inmortal.

La cruel hermosura de Shia hubiera fulminado a un mortal pero el muchacho echó hacia atrás su larga cabellera rubia con un gesto que a otro Dios le hubiera parecido desacato pero Shia sonrió, se acercó al muchacho, lo abrazó y lo besó en la boca. Los guerreros de la Huaca de la Luna con sus porras entre las manos guardaron sepulcral silencio, aún no se recuperaban del estupor de haber visto a la Diosa besando a un mortal cuando Shia se separó del muchacho y giró hacia la rampa… los guerreros cayeron de rodillas inmediatamente y se arrancaron las pestañas cuando a lomos de un amaru espantable descendió “aquel que nunca se muestra” el Señor de los Muertos vistiendo una túnica negra, pectoral de plata ennegrecida, el rostro cubierto con una espantable máscara de felino demoníaco y portando los dos cetros, uno de oro el otro de plata, simbolizando su poderío sobre los vivos y los muertos.

El Dios que se oculta entre las sombras descabalgó de su monstruosa montura y caminó hasta donde se encontraban Shia y el muchacho, se quedó de pie a unos pocos pasos de ellos contemplándolos con silencio hierático. Shia sacó un cuchillo oculto entre su vestimenta, el muchacho extendió hacia ella los brazos y la Diosa Sanguinaria le cercenó las muñecas… en los ojos del muchacho rutiló una chispa de lujuria desquiciada mientras que su sangre caía a los pies de la Diosa y la luna menguante enrojecía. Shia esgrimió otra vez su cuchillo y, honrado su titulo de la Degolladora, cercenó el cuello del muchacho llenando con la sangre un kero de plata adornado con turquesas.

El Dios de los Muertos tomó la porra que llevaba al cinto, la alzó y descargó un golpe seco sobre la cabeza del muchacho quien cayó al suelo evidentemente muerto... pero era una noche de enigmas y después de unos minutos de silencio, el cuerpo inerte se estremeció y el muchacho se puso de pie, un poco atontado pero ileso: En el suelo yacía en medio de un charco de sangre el Príncipe de las Nieblas... Shia ordenó que lo levantaran y que lo llevaran al Templo.

Liliana Celeste Flores Vega - abril 1991