in girum imus nocte et consumimur igni

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miércoles, 17 de enero de 2018

La Leyenda de Vintergard - Capítulo 02

Elain y Kilak bajaron a desayunar, ambos se sentaron a la mesa y no se dirigieron la palabra mientras las doncellas les servían los alimentos. Terminado el desayuno Elain se retiró al salón con sus doncellas y se dispuso a hilar mientras que Kilak salió con sus primos a cabalgar.

Kilak y sus primos llegaron hasta el círculo de piedra, él estaba incómodo porque sus primos le preguntaban sobre la noche de bodas ya que se comentaba que las hijas de las nieblas tenían extrañas costumbres maritales. Kilak fastidiado azuzó a su caballo y al galope de éste una bandada de cuervos alzó el vuelo, el primogénito de Vintergard detuvo su corcel en seco: Había encontrado el cadáver del sacerdote druida devorado por las aves de rapiña.

Los corceles del viento se desbocaron y rasgaron las nubes ensangrentadas por el sol del atardecer... Kilak hizo virar a su caballo y volvió a su castillo con sus primos sin decirle nada de lo sucedido al sacerdote druida a Elain.

A kilómetros del Reino de Vintergard bajo el mismo sol de fuego que se hundía en las sombras, el Señor de Krongard llegaba a su castillo con dos de sus mejores guerreros y dejaba a su ágil caballo en el patio con descuido, entraba apresurado al salón y subía la escalera de piedra que llevaba a las habitaciones personales de su esposa.

En el vetusto patio del castillo del Señor de Krongard los sirvientes guardaron a los caballos en sus respectivos establos y los dos guerreros se dirigieron a la cocina atraídos por el delicioso olor de la carne que se doraba en el asador. Instantes después el cielo se abrió entre truenos y relámpagos y una gruesa lluvia mojó a los azores que buscaron refugio en las hendiduras y salientes del muro de piedra de la fortaleza.

En la alcoba principal la Señora de Krongard estaba acostada en su lecho sufriendo los dolores que preceden al parto, el momento estaba cerca y sus doncellas preparaban las toallas y hervían agua en un caldero de bronce. La curandera se esmeraba en machacar algunas hierbas en un mortero mientras dirigía una miradas inquietas a su Señora y recordó la belleza de aquella mujer ahora marchita y débil, recordó a la joven erguida y saludable en la grupa del caballo de su Señor el día que éste la trajo al reino: Ella vestía una túnica roja, sus largos cabellos rojizos estaban trenzados y adornados con una guirnalda de flores de variados colores y en sus ojos verdes se escondía el misterio de su lugar de origen... ¿de dónde sería la Señora?, nadie lo sabía, una tarde el Señor de Krongard partió con sus dos fieles guerreros y cinco días después regresó con la bella mujer que parecía una flor silvestre arrancada de un lugar secreto del bosque... luego fue la boda y desde ese día la belleza y la salud de la joven Señora se marchitaron prisioneras entre los gruesos muros del castillo y la gente sencilla empezó a murmurar que la Señora era una hija de la Raza Antigua y como tal no podía vivir lejos de la naturaleza.

Las meditaciones de la curandera fueron bruscamente interrumpidas por el Señor de Krongard quien entró precipitadamente a la habitación, éste era ya un hombre maduro de ojos fríos como el acero y de cabellos rubios que ya empezaban a encanecer... bajo el resplandor de las antorchas su semblante parecía más hostil que de costumbre, él anhelaba a toda costa un hijo.

- ¿Cómo marcha el parto? – preguntó con ansiedad el Señor de Krongard tomando asiento en un taburete de madera forrado en cuero.
- Muy mal, mi Señor – respondió con tristeza la curandera – la Señora está muy débil... será un milagro si ella...

Fue interrumpida por un gemido de la parturienta, ella dio un grito y la sangre inundó el lecho. La tormenta estalló azotando a los árboles robustos y una rama golpeó con fuerza destrozando el ventanal. Las doncellas rodearon el lecho solícitas a auxiliarla.

- Puje Señora... vamos Señora – insistía la curandera abriendo las piernas de la desdichada mujer mientras una doncella enjugaba el sudor de su delgado rostro, el Señor de Krongard se había puesto de pie y trancaba el ventanal roto – Señora... haga un esfuerzo... Señora...

Pasaron las horas y la sangre anegaba el lecho ante los vanos y desesperados intentos de la curandera por detener la hemorragia. La Señora de Krongard  respiraba trabajosamente y ya no tenía fuerzas para pujar, temblaba bañada de sudor frío; el Señor de Krongard interrogó con la mirada a la curandera.

- Nada podemos hacer, Señor... la Señora morirá – musitó la curandera con lágrimas en los ojos.
- ¡¿Y mi hijo?! – rugió el Señor de Krongard.
- No nacerá, Señor – murmuró la curandera.
- ¡Nacerá! – respondió el Señor de Krongard con la mirada extraviada y un movimiento convulso en los labios, desenvainó su espada que tenía colgada al cinto y con ella en alto se acercó al lecho de su esposa quien abrió los ojos desmesuradamente creyéndose víctima de una horrenda alucinación.

El filo de la espada cortó el tenso vientre de la moribunda, las manos del Señor de Krongard rasgaron la herida y sacaron de las profundidades del útero materno a un niño bañado en sangre que al recibir el aire del mundo exterior rompió en llanto.

Las doncellas contemplaban espantadas la desgarradora escena, el Señor de Krongard entregó al robusto niño a la curandera quién lo lavó y lo vistió. Una de las doncellas cerró los ojos de la Señora de Krongard.


Mientras el Señor de Krongard sonreía demencialmente contemplando a su vástago, un rayo fulminó el roble ancestral convirtiéndolo en una tea presagiando un fatal destino para el niño que había sido arrebatado de las manos de la muerte.


Liliana Celeste Flores Vega - 1996

sábado, 6 de enero de 2018

La Leyenda de Vintergard - Capítulo 01

Era el segundo mes de otoño del año del elfo de fuego. En el Reino del Señor de Vintergard se ultimaban los preparativos para las bodas del primogénito y heredero al trono con una bella hija de las nieblas de la estirpe real de la Raza Antigua, era una alianza para unir a ambos pueblos y asegurar la tan ansiada paz después de varios años de conflicto.

La noche escogida para la boda la luna llena iluminaba el círculo de piedra, el antiguo santuario que se alzaba desde tiempos inmemoriales en medio del bosque desafiando a la eternidad.

Kilak, el rebelde primogénito se mostraba inconforme con la alianza pues no deseaba dejar su vida libertina y eso se reflejaba en sus ojos intensamente azules, con impaciencia pasaba su mano por su cabellera rubia colocándose tras de la oreja los mechones que se le venían al rostro a consecuencia del bóreas. El sacerdote druida llegó con la prometida, ella vestía una túnica azul a la usanza de la Raza Antigua y un tocado de flores blancas pero dada su condición de hija de las nieblas no podía pasar desapercibido su origen como ocurría a menudo con las hijas del fuego y de la tierra... Elain era pequeña y delgada, sus largos cabellos eran blancos y reflejaban maravillosamente la luz del astro de plata y sus ojos eran violetas. La apariencia física de Elain incomodó aún más a Kilak, pero ella al ver el gesto de fastidio del primogénito del Señor de Vintergard lo miró con arrogancia dándole claramente a entender que también había sido obligada a desposarse, que para ella era un sacrificio contraer nupcias con un humano y que lo hacía solo por la paz de ambos pueblos que después de la ceremonia serían un solo reino, ella estaba orgullosa de llevar sangre azul en las venas.

Concluida la ceremonia hubo danza y banquete en el castillo. Cuando la luna marcó la medianoche los desposados fueron llevados a la alcoba nupcial como era la costumbre: Las doncellas se encargaron de deshojar flores blancas y rojas sobre el lecho y los mancebos encendieron las antorchas, luego dejaron solos a los desposados.  Ella deshizo su tocado en silencio, él empezó a desvestirse...

- Mi Señor – dijo ella con aplomo – seré vuestra esposa y como tal os obedeceré y cuidaré de cumplir con mis obligaciones referentes al gobierno de la casa pero no permitiré que toquéis mi cuerpo hasta que la luna me dé la señal de que es hora que dé un heredero al trono o una heredera al círculo mágico.
- De acuerdo – respondió él sintiendo rabia por la orgullosa y desafiante mirada que ella le dirigía, por cierto que era una mujer extraña pero era bella y él se vanagloriaba de ser un conquistador de doncellas y consideró una afrenta a su virilidad la resistencia de la pequeña hija de las nieblas – pero soy un hombre y comprenderás que...
- Lo comprendo – interrumpió Elain con altanería – y para mí será más cómodo dormir sola en ésta alcoba y que vos os acostéis con vuestras concubinas.
- De ninguna manera abandonaré la alcoba nupcial – replicó él indignado – sería la burla del reino... fornicaré con mis concubinas cuando lo desee pero dormiré en éste lecho... ¿qué murmurarían de mí de lo contrario?... dirían que la noble hija de las nieblas se niega a yacer al lado de su esposo por orgullo, por su sangre azul.
- Y dirían la verdad, mi Señor – concluyó ella despojándose de su túnica ceremonial y cubriendo sus desnudeces con una bata finamente bordada con hilos de plata, se metió al lecho y se arropó ignorando completamente a su esposo que con el rostro encendido por la ira la contemplaba con deseos de poseerla y desflorarla solo para satisfacer su vanidad herida.

Finalmente dominó su brutal instinto pues un escándalo en la noche de bodas sería muy mal visto, bebió cerveza y luego terminó de desvestirse y se acostó en el lecho dándole la espalda a la bella hija de las nieblas que ya dormía.

La luna enrojeció en el horizonte semejando una pequeña bola ígnea que va a hundirse en un mar de nubes. El sacerdote druida permaneció hasta el alba orando al pie del círculo mágico y cuando se levantó para retirarse a su humilde morada un remolino de imágenes invadieron su anciana cabeza con espantosas visiones: Destrucción, sangre... fuego, dolor y lágrimas... una pequeña niña vagando en el círculo mágico que se veía olvidado cubierto de musgo y otras hierbas que formaban una maraña y junto a ella un guerrero alto y fornido que ocultaba su rostro tras una máscara de cuero. Las convulsiones lo estremecieron, visiones más horrendas aún se agolparon en su cerebro.

El anciano no pudo resistir más, sus ojos se desorbitaron y la sangre manó por su nariz… se estremeció una vez más y luego quedó inmóvil, un cuervo bebió su último aliento.

Liliana Celeste Flores Vega - 1996


martes, 12 de diciembre de 2017

Recuerdos de arena

Chris nos sentó frente a frente, nos dio de beber ayahuasca y empezó a tocar el tamboril. El ritmo hipnótico nos fue atrapando. Contemplé a Damon, sus ojos azules me resultaban tan familiares… llevábamos cinco meses de conocernos y habíamos hecho varios rituales juntos pero ésa familiaridad venía de vidas pasadas compartidas que yo iba recordando gracias a esas sesiones. La bebida alucinógena empezó a hacer su efecto.

De pronto me encontré en el torreón de un castillo de piedra milenaria, miré hacia abajo... el mar rugía golpeando el acantilado. Yo era una niña de no más de seis años, estaba con mi madre. Los fragores de la batalla llegaban hasta nosotras… un crujido, silencio y los gritos de victoria del enemigo... habían conseguido romper el portón con un ariete.

Entonces mi madre tomó la fatal decisión: Me levantó en vilo y me subió al borde del muro de piedra, ella también subió, me tomó de la mano y me dijo que deberíamos de saltar porque morir era mejor que ser capturadas por el enemigo. Me rehúse, tenía miedo de las olas que rompían contra las rocas… ella insistió, me dijo que el mar nos recibiría con un amoroso abrazo y dio un paso hacia el vacío… no sé como pude soltarme de ella y aferrarme al cuello de una gárgola… escuché que en su caída mi madre gritó mi nombre llamándome para que saltara… su grito se perdió el estruendo de las olas.

Me estaba resbalando y la piedra lastimaba mis manos pero pude encaramarme sobre la gárgola, era un dragón de piedra. Me senté a horcajadas sobre su lomo, me sentí segura entre sus alas, sabía que no me caería si me abrazaba a su cuello… era como montar mi dragón de madera. Luego de un rato intenté bajar del muro pero las piernas me temblaban y volví a aferrarme al cuello del dragón de piedra.

Escuché a los invasores saqueando el castillo… cerré los ojos y pensé que si ése dragón de piedra pudiera convertirse en uno verdadero podría llevarme muy lejos de allí. Los hombres estaban cerca, escuché que estaban subiendo por las escaleras del torreón… apenas abrieran la puerta me encontrarían y me llevarían con ellos a un destino peor que la muerte. Pensé que la única salida era saltar como lo había hecho mi madre… sería fácil pararme sobre el lomo del dragón de piedra, cerrar los ojos, extender los brazos, pensar que volaría y dejarme caer… pero entonces escuché una voz, era la voz del dragón de piedra y me dijo que quedara montada sobre su lomo, quieta y en silencio, que él me protegería… confié en él.

Un soldado joven abrió la puerta y se acercó al muro… me miró sin verme, luego miró el mar y se marchó. El dragón de piedra me había salvado. Después pude bajar del muro pero sabía que no era buena idea abandonar el torreón, ése hombre seguramente había dicho a los demás que allí no había nada de valor. Me quedé en el torreón a los pies del dragón de piedra sin saber que hacer.

Oscureció y empezó a hacer frío. Finalmente me puse a llorar abrazando mis rodillas. Mi madre me había llevado al torreón cuando un guardia moribundo le dio el aviso que mi padre había muerto en la batalla defendiendo el foso del castillo pero no dijo nada acerca de mi hermano que supuestamente se encontraba luchando con él… ¿dónde estaría?, ¿habría podido escapar?... ¿vendría por mi?... me aferré a ésa esperanza.

Entonces la puerta se abrió lentamente y un muchacho sucio y zarrapastroso asomó, me llamó por mi nombre y se acercó a mi… mi corazón dio un vuelco de alegría, era mi hermano. Me dio un atado de ropa harapienta, me cambié de inmediato. Luego bajamos silenciosamente por la escalera del torreón hasta llegar a la planta baja… ¿intentaríamos huir cuando los hombres estuvieran durmiendo ebrios?... pero mi hermano se detuvo frente a la chimenea, tanteó la pared y abrió una puerta secreta. Luego tomó una de las antorchas adosadas a la pared y nos internamos en ése túnel… llegamos a una recámara pequeña, allí había un baúl con monedas de oro, las tomamos y ocultamos en nuestras ropas… también había una muñeca de trapo, mi hermano me dijo que estaba rellena con joyas y piedras preciosas.

Continuamos por otro túnel y salimos al lado del vertedero de desechos. Llegamos hasta el puerto y conseguimos lugar en un barco mercante que nos llevó hasta cierta ciudad. De allí emprendimos el camino al Norte hacia el feudo del más fiel amigo de nuestro padre pero en el camino supimos que los invasores lo habían matado y que habían puesto precio a nuestras cabezas pues éramos los últimos descendientes de nuestra familia. Teníamos que huir lejos, muy lejos… a un lugar donde el invasor no nos encontrara… y sólo había una opción.

Seguimos por el camino al Norte y nos internamos en el bosque, buscamos a la hechicera gris pero fue ella la que nos encontró a nosotros. Le dijimos que teníamos que huir muy lejos, ella ya lo sabía y nos dijo que nos ayudaría. Nos llevó hasta el árbol milenario, un árbol enorme de madera pálida y perfumada como el palo santo…  su tronco era muy grueso y tenía un hueco, una especie de puerta. La hechicera preparó el ritual… entonces nos despedimos de las tres lunas de plata que iluminaban el cielo, cruzamos el portal del árbol milenario y le dijimos adiós a nuestro mundo.

Fue como cruzar por un túnel con paredes de madera y de pronto estas se volvieron de piedra, estábamos en una cueva… vimos una luz, salimos de la cueva por la ladera de una enorme montaña rocosa y nos encontramos en otro mundo: Tres soles amarillos iluminaban el cielo, tan diferentes al único sol azul de nuestro mundo nativo… y frente a nosotros la vastedad de un desierto de arenas doradas y caprichosas formaciones rocosas.

No sabíamos que camino tomar pero felizmente era un lugar frecuentado por caravanas, nos unimos a una y llegamos hasta una opulenta ciudad con muros de ladrillos rojos y una enorme puerta de bronce. Mi hermano compró ropa adecuada para el clima caluroso y rentamos una habitación en una posada. No podíamos ocultar que éramos extranjeros, la mayoría de la gente de aquél lugar era de piel morena y cabello y ojos oscuros… nosotros teníamos de piel blanca, cabello rubio y ojos azules.

No tardaron en preguntar de dónde veníamos, mi hermano les respondió que del otro lado del mar… eso los calmó un poco pues en ése mundo existían unas islas pobladas por personas de piel blanca y cabellos y ojos claros, aunque no eran gente de aventurarse a cruzar el mar, mas bien esperaban que los del continente llegaran hasta sus islas para comprarles los espejos y otros objetos de vidrio que fabricaban… pero de vez en cuando había alguno que no quería dedicarse a eso y cruzaba el mar buscando fortuna.

Un jeque de edad madura, muy respetado y poderoso en aquella ciudad se interesó mucho por nosotros, mi hermano confió en él y le contó nuestra historia. El jeque se convirtió en nuestro protector y crecí bajo su cuidado. Yo aspiraba a una vida tranquila al lado de mi hermano, según la tradición de nuestra familia yo sería su esposa… cuando tuviera la edad suficiente nos casaríamos, tendríamos hijos, continuaríamos nuestro linaje y seríamos felices. Pero mi hermano sólo soñaba con regresar a nuestro mundo al mando de un poderoso ejército y recuperar el Reino que nos habían arrebato.

De allí la visión di un salto hasta el momento en el que me convertí en mujer y mi hermano me dijo que había llegado el momento de que me casara… pero no con él. No podía creer que él me hubiera comprometido con otro hombre… yo era su hermana destinada a ser su esposa, éramos los últimos descendentes de nuestra familia, si yo me unía con otro hombre nuestro linaje se extinguiría. Mi hermano, con la colaboración del jeque que era nuestro protector, había arreglado mi matrimonio con un hombre llamado Haraam, hijo de Hakim, un jeque nómada muy rico que había prometido a mi hermano ayudarlo a recuperar su Reino perdido… ésa noche me lo presentaron, era un hombre alto y fornido, de piel canela, cabello largo negro azabache y ojos color ópalo.

Una semana después se realizó la boda, Haraam fue amable conmigo pero yo había crecido amando a mi hermano segura que él sería mi esposo… y lo que él había hecho al entregarme a otro hombre a cambio de una promesa me dolía en el alma. Tuvimos que despedirnos de la bella ciudad a la que yo casi había llegado a amar como si hubiera nacido en ella. Haraam nos llevó con su caravana de guerreros nómades, como su esposa tenía que presentarme ante sus Dioses y el Templo quedaba muy lejos.

El viaje fue penoso para nosotros porque no estábamos acostumbrados a la dureza de la vida nómade. Finalmente llegamos al Templo, era una gigantesca pirámide trunca de piedra blanca que se levantaba en medio del desierto. Las tribus guerreras nómades se reunían para hacer sus ceremonias y para elegir al jefe de todas las tribus. Casualmente el último jefe de todas las tribus había fallecido de una extraña enfermedad que lo había matado en medio de delirios y vómitos de sangre.

Haraam fue elegido jefe de todas las tribus y lo celebramos por una semana. Mi hermano le exigió que cumpliera con su palabra… Haraam le puso pretextos diciendo que no era fácil llevar a un ejército tan grande por mar hasta las islas, mi hermano le explicó que su Reino se encontraba en otro mundo, no había que cruzar el mar sino un portal... para Haraam eso era una abominación, sus ancestros decían que los portales funcionaban por una magia maldita a los ojos de sus Dioses… mi hermano se sintió engañado, insultó a los Dioses y ancestros de Haraam y éste lo retó a duelo.

La historia dio otro salto. Yo había empezado a querer a Haraam pero desde que mató a mi hermano mi incipiente amor se había trastocado en odio, ni siquiera le hablaba… él me juró que estaba arrepentido, yo le dije que lo perdonaría si marchábamos con todo el ejército a mi mundo y recuperaba el Reino para honrar la memoria de mi hermano. Haraam decidió consultar a sus Dioses sobre que debería de hacer y marchamos hacia el Templo del Oráculo que quedaba un poco más lejos del Templo de los Dioses… para ser digno de consultar al Oráculo él tenía que hacer un retiro durante un mes y pasar algunas pruebas.

Tuvimos que acampar en las cercanías. Yo estaba embarazada pero perdí a mi hijo mientras Haraam estaba en su retiro porque bebí agua de un pozo y me enfermé. Durante ése tiempo un hombre estuvo a mi lado cuidándome… era un hombre maduro pero aún bastante atractivo de cabello rubio y ojos azules pero no era nativo de aquellas islas de fabricantes de espejos y objetos de vidrio… decía ser un lugar mas lejano que aquellas esas islas, donde había llegado a ser general de un ejército pero lo habían culpado injustamente de traición y condenado a muerte, entonces había huido… nadie creía en la existencia de un lugar más allá de ésas islas pero no le hacían mas preguntas.

Yo no le había prestado mucha atención, era un simple mercenario que se nos había acercado cuando dejamos la ciudad de muros de ladrillos rojos, mi hermano lo había tomado a su servicio y a la muerte de mi hermano se quedó a mi servicio… pero empecé a interesarme en él después de que me cuidó mientras estuve enferma… había algo en sus ojos azules que se hacía muy familiar.

Haraam no llegó a enterarse de que estuve enferma y perdí a nuestro hijo. Los sacerdotes lo trajeron moribundo una semana después de lo que me sucedió, había fallado en una de las pruebas y caído a un pozo de escorpiones. Para los guerreros nómades era tradición que si un hombre moría y su mujer no tenía hijos debía de ser quemada en la pira funeraria con él.

El hombre de ojos azules que estaba a mi servicio se enfrentó a los guerreros nómades cuando me ataron y me pusieron en la pira funeraria… pero era uno contra todos, lo golpearon y lo sujetaron mientras encendían la pira… era la tradición, sin mi hermano no tenía motivos para seguir viviendo, estaba casi resignada pero entonces mis ojos se encontraron con los ojos de aquél hombre y algo dentro de mi se rebeló: Tenía que volver a mi mundo y recuperar mi Reino… pero estaba atada a una pira funeraria que ardía, el humo me hacía lagrimar los ojos, muy pronto el fuego me alcanzaría y acabaría todo.

Entonces empezó a llover, algo completamente inusual en ése lugar… ése hombre gritó que era una señal de los Dioses, se soltó de los guerreros que lo sujetaban, saltó sobre el fuego y me desató… caminé sobre los leños humeantes, todos cayeron de rodillas, confirmaron que era una señal de los Dioses, me nombraron Reina y juraron que me obedecerían.

Les ordené ponernos en camino hacia la montaña rocosa en donde se encontraba el portal que llevaba a mi mundo con la intención de recuperar en nombre de mi hermano el Reino que nos habían arrebatado. Había dos rutas: Cruzar el desierto de regreso a la ciudad de muros de ladrillos rojos y atravesar más desierto hasta llegar al camino de las caravanas… o acceder desde atrás cruzando las llanuras, la segunda ruta era la más corta pero era peligrosa pues era adentrarse en el territorio donde anidaban y cazaban los dragones.

Cuando cruzábamos las llanuras fuimos atacados por dos dragones, los guerreros lograron matar a uno y herir a otro. Seguimos nuestro camino y cuando llegamos a la zona montañosa fuimos interceptados por un jeque guerrero nómade al que habíamos conocido en el Templo de los Dioses, nos dijo que una viuda y además extranjera no podía ser jefa de una caravana pero cómo era generoso me daba la opción de acogerme a su protección y convertirme en una de sus concubinas, yo me negué… pero los de mi caravana tuvieron miedo y se rindieron.

El único que se quedó conmigo fue el hombre de ojos azules y me defendió cuando el jeque quiso tomarme a la fuerza, mató a un guerrero, hirió a dos pero no pudo contra todos… el jeque permitió que sus guerreros lo violaran mientras que él me hacía suya a la fuerza. Luego de eso le pedí que me devolviera el medallón que me había arrebatado porque era una reliquia familiar, él accedió… no tenía idea que estaba poniendo en mis manos un arma mortal… ése medallón era una de las joyas ocultas en la muñeca de trapo, mi hermano había vendido la mayoría de aquellas joyas para mantenernos cuando se le acabaron las monedas menos ése medallón porque era de plata y las piedras que lo adornaban no eran preciosas, pero lo valioso era lo que guardaba en su interior: Unas pequeñas perlitas que eran un mortífero veneno.

Disolví una perlita en la copa de vino del jeque, bebió y dos minutos después cayó muerto. Tomé su bastón de autoridad, salí de la tienda y me dirigí a la tienda en donde guardaban los toneles de vino, con el bastón de mando en la mano le ordené a las mujeres que cuidaban las provisiones que por orden del jeque llevaran dos toneles al centro del campamento, con el pretexto de degustarlos disolví dos perlitas en cada tonel. 

Los guerreros seguían abusando del hombre de ojos azules, les dije que el jeque les ordenaba dejar al hombre y que me permitieran llevarlo a una tienda en donde pudiera curarlo, a cambio les enviaba esos toneles de vino. Como tenía el bastón de mando en la mano me obedecieron. Llevé al hombre a la tienda que me indicaron… al amanecer casi todos estaban agonizando, el veneno diluido causaba una muerte lenta y dolorosa. Nos fue fácil huir, logramos llegar hasta las montañas y nos refugiamos en una cueva.

La cueva era el nido de los dragones que nos habían atacado cuando cruzábamos las llanuras. Encontramos los restos del dragón que había logrado huir herido y tres pequeños dragones, decidimos cuidarlos. Seguimos nuestro camino, llevando a los dragones, con el plan de llegar hasta el mar e instalarnos en una de las ciudades de la costa… seguramente encontraríamos algún mercader que nos daría un buen precio por aquellos dragoncitos.

En el camino nos encontramos con un grupo de errabundos que venían de una ciudad que había sido devastada por un Terror sin Nombre… nos indicaron como llegar y fuimos a aquella ciudad de muros de piedra blanca. Nos instalamos sin hacer caso a lo del terror sin nombre, al parecer  un terremoto había causado un escape de gas del subsuelo que envenenó a la gente… cuando llegamos aún había grietas de las que salía gas sulfuroso.

Encontramos un tonel de vino en el palacete abandonado, bebimos… ésa misma noche él me confesó que me amaba pero yo, aunque lo quería mucho, no podía corresponderle porque seguía amando a mi hermano… pero le permití besarme y masturbarse entre mis piernas.

Semanas después los habitantes de la ciudad regresaron y me pidieron que fuera su Reina por haber vencido al Terror sin Nombre, les quise explicar que sólo había sido un escapé de gas venenoso del subsuelo pero eran gente supersticiosa, para ellos yo era una enviada por los Dioses que podía hablar con los dragones. La ciudad prosperó y recluté soldados para formar un ejército propio, no había olvidado mi propósito de regresar a mi mundo y recuperar lo que me pertenecía.

Los dragoncitos crecieron y me encariñé con ellos. El hombre de ojos azules esperaba ganarse mi corazón algún día, muchas noches lo invitaba a compartir mi lecho, él me complacía pero había algo en lo profundo de su mirada que me impedía amarlo.

Una noche, después de habernos dado placer, yo estaba jugando con uno de los dragoncitos y él me dijo: “Cuando crezca podrás montarlo y te llevará muy lejos de aquí”… me quedé de piedra y finalmente lo reconocí: Era el joven soldado que había subido al torreón y me había visto sin verme encaramada sobre el lomo del dragón de piedra.

Me confirmó que aquella vez subió para buscarme porque el jefe del ejército de los invasores había dicho que quien me encontrara recibiría una recompensa… pero cuando me encontró no pudo entregarme, fingió que no me había visto, bajó y les dijo a los demás que arriba no había nada que valiera la pena. Luego salió y buscó a mi hermano, le dijo donde estaba, lo ayudó a ingresar al castillo disfrazado de sirviente y le indicó cómo podíamos escapar por el túnel. Después descubrieron que nos había ayudado a escapar y lo condenaron a la horca… entonces huyó y nos buscó.

Le di una bofetada. No era un soldado del invasor que se había compadecido de nosotros… había sido uno de los soldados de la escolta de mi padre, un traidor que por un soborno le mostró al enemigo las debilidades del castillo. Lo expulsé de la ciudad.

Elegí al más hábil y más apuesto de los soldados del ejército, lo nombré capitán y lo tomé como compañero de cama… llegué a quererlo y él me adoraba pero no servía para tomarlo como esposo porque sólo era un esclavo liberto.

Por consejo de uno de los ancianos de la ciudad blanca accedí conocer a un noble de una ciudad de la costa que había quedado viudo sin hijos… me enamoré de ése hombre y me casé con él… y ése hombre me traicionó… él nunca me quiso, sólo quería mis dragones, mi ciudad y mi ejército. Me acusó de que seguía teniendo relaciones sexuales con el capitán que había sido mi compañero de lecho… y eso era mentira.

Mi esposo ordenó que despellejaran y empalaran al capitán del ejército. Luego me envió a la casa de la penitencia y me pusieron en una celda excavada en la ladera rocosa de una montaña con una reja oxidada, a diario me subían una cesta con una jarra de agua y pan y bajaban el cubo de desechos. Felizmente mis dragones habían conseguido huir, era el único consuelo que tenía… esperaba que ellos me rescataran y perdí la cuenta del tiempo.

Una noche me encontré pensando en el hombre de ojos azules, él decía que le encantaba mi cabello… empecé a peinármelo con los dedos todas las noches tarareando una canción… y una noche a la luz de luna llena vi con espanto que mi cabello ya no era rubio, se había vuelto platino… ¿tanto tiempo había pasado?... ¿era una anciana?... entonces era momento de cerrar los ojos y morir.

Pero al amanecer mis dragones me encontraron, habían crecido mucho. El más grande, el de color bronce, llevaba sobre su lomo a un hombre que tenía la mitad del rostro quemado… arrancó la reja con sus garras y el hombre me ayudó a subir al dragón, entonces me murmuró al oído: “Te dije que algún día podrías montarlo y te llevaría muy lejos”.

El no se veía anciano, le pregunté cuantos años habían pasado y me respondió que cinco años  desde que lo expulsé de la ciudad blanca… yo no era una anciana, sólo el sufrimiento había encanecido mis cabellos pero él me dijo que así le parecían más hermosos… y lo besé. Me contó que cuando lo expulsé de la ciudad blanca vagó sin rumbo hasta que llegó a una ciudad con muros de ladrillos negros, ofreció sus servicios como mercenario, luego fue a una taberna, se emborrachó y amaneció atado en una jaula carromato… lo vendieron como esclavo a las canteras y le quemaron el rostro la primera vez que intentó escapar.

El segundo intento le fue peor, le dieron una golpiza tan brutal que lo dejaron en una zanja dándolo por muerto… pero lo encontraron los chiquillos mendigos que revisan los basurales de las canteras en busca de algún pedacito de oro de tontos. Luego se unió a una caravana de comerciantes. Supo lo de mi matrimonio y luego del escándalo cuando me enviaron a la casa de la penitencia. En el camino de regreso los dragones lo encontraron.

Y así llegamos hasta la montaña rocosa donde estaba el portal que llevaba a mi mundo. Ya no necesitaba un ejército: Tenía tres dragones.

Entonces me desperté. Damon estaba sonriéndome, ahora sabía de donde recordaba sus ojos azules… me preguntó: “¿Recuerdas a los dragones?”… asentí y respondí: “Si uno era bronce, otro era plata y el tercero era negro como el azabache… y también recuerdo a hombre que tenía los ojos azules como zafiros”.

Liliana Celeste Flores Vega, 2012


Bajo el embrujo del Lucero de la Tarde

Soy la Luna Oscura, la Hechicera que conjura sortilegios en las tinieblas y escribe profecías en el aire, la Guerrera que cabalga sobre una Quimera a través de la tormenta empuñando una porra sangrienta, la Reina que se sienta en un trono hecho de cadáveres y espadas quebradas. Soy la Madonna de la Lujuria, la Regente del Burdel del Diablo que se regodea en un lecho de sábanas negras ebria de vino especiado contemplando la lúbrica danza de las orgías infernales.

O tal ve debería de decir que lo era. Cuando el Cometa Negro surcó los cielos anunciando el Final del Ciclo y el Inicio de una Nueva Era me desposé con Lucifer en un ritual que se llevó a cabo en la isla misteriosa que emergió del mar y el Primigenio que dormía en las profundidades de su Ciudad Maldita despertó para ser el testigo de nuestro enlace. Heredamos de nuestros padres los Cetros del Sol y la Luna y con ellos el deber y el derecho de reinar sobre el Astral Azul y sus ciento once mundos.

Entonces Lucifer, mi hermano y consorte, decidió cobrarse por los siglos de exilio y vengarse de mis infidelidades. De inmediato prohibió las bacanales de medianoche en el jardín prohibido de mi Harén, expulsó al limbo a mis sumisos esclavos de lecho y encerró en las mazmorras a mis pervertidos amantes. Le concedí la razón pues estaba en su legítimo derecho de exigirme el respeto que se merece un esposo… pero allí no cesó su enojo. Me negó el permiso para asistir a los festines que las brujas y las hadas oscuras en el Bosque Petrificado. Ordenó silenciar los himnos profanos y los cánticos de guerra blasfemos que cantaban mis devotos seguidores en el milenario círculo de piedras las noches luniplenas. Canceló las ofrendas sangrientas que mis feroces guerreros legendarios me obsequiaban y depositaban en los altares impíos de mi Templo Maldito que se levanta en el limite de la Noche y del Eterno Ocaso. Arrojó al Mar de la Eternidad las joyas y gemas que atiborraban las arcas de mi Palacio de Cristal, ricos obsequios de mis aduladores pretendientes. Trastocó todo mi Imperio… sólo respetó la biblioteca de mi Castillo de Invierno en mis feudos del Norte.

Cuando decidí darle la espalda en el lecho matrimonial reconoció su exceso, se disculpó y me prometió que me daría un obsequio que compensaría todo lo que había quitado. ¿Qué regalo podría ofrecerme Lucifer para compensar lo que la ciega furia de sus celos me había arrebatado?... ¿Qué pecado nunca antes cometido que me satisficiera y que no fuera una afrenta a su honor y orgullo podría inventar?... ¿Qué vino embriagador o delicioso manjar nunca antes degustado que deleitara mi paladar, canción o melodía nunca antes escuchada que me estremeciera de emoción, ofrenda o sacrificio nunca antes inmolado que me complaciera, joya preciosa o tesoro insólito nunca antes visto que me deslumbrara, grimorio prohibido o pergamino perdido en el tiempo que despertara mi curiosidad podría encontrar mi amado hermano y consorte para compensarme?

Sé que él buscó desde las alturas del Cielo iluminado hasta las profundidades oscuras del Mar donde duermen los Dioses Olvidados y mas allá… en la lobreguez del Infierno donde el fuego eterno se ha congelado. Pero regresó sin haber hallado en lo bendito ni en lo profano un obsequio que ofrecerme. Se sentó abatido en las escalinatas polvorientas del Templo de la Desolación, abatido pero decidido a no devolverme lo que me había arrebatado.

Me senté a su lado con una copa de nepente en la mano y bebí un sorbo intentando convencerme que la eternidad no es demasiado tiempo. Recosté mi cabeza sobre su hombro y nos quedamos en profundo silencio hasta que cayó la tarde, entonces una estrella de pálida luz rutiló en el horizonte azul marino e iluminó su semblante sombrío. Lucifer sonrió, con una perversidad que no capté en ese momento, me besó y me dijo que finalmente había encontrado el obsequio perfecto. 

Y ésa noche, sin duda maldecida por los ángeles castos, Lucifer me tomó de la mano y cruzamos las ignotas sendas astrales… llegamos a una alcoba, estaba en penumbras, las volutas del incienso de rosa y sándalo le otorgaban a la habitación un halo sacrosanto… adiviné la silueta de un hombre que dormía plácidamente en un lecho de sábanas blancas… pero para mí, la Reina de los Súcubos, no era el regalo más novedoso. ¿Por qué Lucifer me ofrecía a éste hombre con tanta ceremonia?

Me incliné sobre el durmiente para ver su rostro, lo reconocí: El reflejo de mi hermano y consorte en el espejo de la Luna. Entendí, aunque a medias. Con dedos de hada taciturna acaricié su mejilla, una sensación extraña me recorrió entera como si estuviera cometiendo un sacrilegio con tan sólo acariciar el rostro del hombre que tan plácidamente dormía… y fue una sensación deliciosa. Me incliné sobre él y posé mis labios sobre los suyos, entre sueños él reaccionó entreabriendo los labios, bebí su aliento, fue un beso pero me excitó demasiado… una corazonada, un sobresalto… y me aparté del hombre que sonrió entre sueños esperando otro beso etéreo. Interrogué a Lucifer con la mirada y el me respondió: “Tiene nuestras esencias de Sol y Luna, es nuestro y puedes tomarlo cuando lo desees”.

La noche siguiente hice sola la visita nocturna. Bajo mi forma de lechuza blanca me deslicé en un rayo de luna y posé en el borde de la ventana de aquella habitación… contemplé al hombre que dormía desnudo entre las sábanas blancas, sobre el velador había una vela blanca perfumada. Me deleité recorriendo con la mirada su anatomía y los tatuajes que adornaban su piel, me llamó la atención uno en especial pues era el símbolo de los guerreros de Huaca Sian.

Tomé mi forma de dama blanca espectral y me incliné sobre su pecho, con dedos de seda acaricié sus párpados cerrados y algunos mechones de su cabello castaño… rocé mis labios con los suyos, su boca tenía un leve sabor de té, naranja y miel… aquél hombre me dejó hacer a mi antojo… me embriagué libando el vino mas delicioso de su boca y disfruté de su cuerpo.  

Después de haber pecado descubrí quien era: El Lucero de la Tarde que rutila con brillante luz azul inmaculada, una rosa inglesa de impolutos pétalos perfumados que creció en un invernadero… era nuestro hijo primogénito, fruto de nuestro amor incorrupto. Y Lucifer me lo entregó para que lo seduzca y lo arrastre a mis tinieblas con las caricias equivocadas de una madre enamorada.

Liliana Celeste Flores Vega, 2014


lunes, 4 de diciembre de 2017

Amor de Vampiro

Llegó la noche de luna llena. Esperaba con ansias que mi íncubo me visitara, deseosa de sentir sus labios deslizándose por mi carne trémula, y dormitaba semidesnuda como para provocarlo cuando llegara. El reloj dio una campanada, la hora azul se iba y él no llegaba… la inquietud cosquilleó mi piel pues mi amante nunca se retrasaba... pero debí de adivinar lo que pasaba pues un año se cumplía desde la primera noche en la que me tomó con violencia y infamia. Me puse de pie y tomé mi bata, me asomé por la ventana y vi que en el cielo se deslizaban nubes enmascaradas.

Un relincho de ultratumba me sobresaltó, volteé atemorizada… y vi que en medio de mi alcoba un corcel negro salido de una pesadilla ufano resoplaba. El jinete de tan espantable criatura era el Príncipe de la Muerte embozado en su capa de tinieblas, con su espada en la diestra me miró amenazante, se bajó de su montura y me tomó del brazo con violencia… yo vestía un breve camisón de encaje que no cubría del todo mi desnudez, el perfume de violetas emanaba de mi cabellera… él me atrajo hacia sí pero el acostumbrado gesto que hacía para darme un beso se trastocó cuando percibió el perfume y exclamó furibundo: ¡Ramera!

Respondí su insulto con una bofetada y él me tumbó sobre el lecho, agobiada bajo su peso tuve el coraje de desafiarlo.

- ¿Dónde está mi amante? – le pregunté, sus ojos rutilaron de rabia.
- ¿Amante?... creí que lo detestabas, ¿acaso no te quejaste la primera vez que él te tomó? – me escupió como respuesta a la cara – olvídate de él... ¡tú eres mía!
- Sí y lo hice esperando que vengaras el ultraje pero tú mismo a él me entregaste por un año – le contesté airada – ahora dices que soy tuya, ¿tuya para ponerme otra vez en venta, alquiler o subasta?... me llamas ramera cuando tú mismo me dijiste que con él fuera amable.

Al no encontrar réplica a mis palabras apeló a su absurda lógica.

- Te dije que fueras amable, no que te enamoraras de él – me dijo titubante – fue el precio que él me exigió por derramar su sangre al pie de la atalaya. Perdóname, no creas que soy un rufián... permite que te haga mía, con mis manos borraré las huellas de sus caricias.
- Comprendo el trueque – le respondí – pero ¿quién te dijo que yo deseo borrar sus caricias de mi piel?. Puedes montar tu espantable corcel e irte a cazar almas por ahí, si me prohíbes ver a mi amante prefiero dormir sola antes de ceder a tus caricias aunque digas que soy tuya.

Aflojó la presión que sobre mí y echó hacia atrás sus cabellos oscuros.

- Entiendo tu enojo y lo justifico – admitió – te entregué en los brazos de otro, te obligué a satisfacer sus deseos y ahora reclamo que me recibas como a tu esposo... pero comprende que te amo y que si tú sufriste bajo sus caricias para mí el año que ha pasado ha sido doblemente doloroso, quiero tomarte y hacerte mía, ardo en deseos de poseerte.
- Pues el desagrado se volvió placer entre sus brazos – le respondí resistiendo al fulgor de su mirada esmeralda respondí – si tú deseas saciar tus deseos tendrás que recurrir a la violencia que con agrado no cedo.

Se dispuso a ejercer la violencia, me besó con apasionada rabia pero mis labios no le correspondieron, sus manos recorrieron mi cuerpo pero tuvo que lidiar con mi rigidez de estatua, finalmente se convenció de que a la fuerza no obtendría besos.

- ¿Qué puedo hacer para que me perdones? – me preguntó suplicante.
- Muy enojada estoy contigo, no soy mujer que se compra con obsequios – le respondí, viendo que ya no era de temer el espectro, con la coquetería innata de una fémina – soy romántica como las damiselas de los cuentos pero no creas que me entregaré si me recitas un par de versos.

Me levanté del lecho haciéndome dueña de la situación y tomé las riendas de su fantasmagórico corcel.

- En primer lugar no es propio de un caballero invadir la alcoba de una dama y yo no recuerdo haberte invitado – proseguí – olvidaré éste agravio si montas tu corcel y te retiras. Dices que me amas y espero que lo demuestres como lo hace un caballero.


Él me hizo una reverencia y tomó las riendas que yo le ofrecía, montó a la fabulosa bestia y desapareció en la niebla. Me acosté arrebujándome entre las sábanas pero antes de quedarme dormida percibí que los portales de mi alcoba eran cerrados con cadenas.

Liliana Celeste Flores Vega, mayo 1992

viernes, 1 de diciembre de 2017

Requiem

Con la culpa como una estaca clavada en mi corazón llegué hasta los confines del limbo en donde vagan los espectros errabundos. Buscaba al muchacho de ojos tristes aunque sabía que no lo encontraría... entonces escuché los ladridos de los perros del infierno que atormentan a los infelices espectros perdidos, corrí e imprudentemente me adentré en el bosque de árboles carroñeros, los árboles alargaron sus brazos para atraparme, rasgaron mi camisón y mi piel... llegué descalza y herida como la aparición del monte de las ánimas al pantano fétido de la bruja Lamia... el cieno pútrido quemaba mis pies... caí de rodillas suplicando su perdón.

No sé cuanto tiempo estuve llorando. Estaba a punto de perder el conocimiento cuando sentí aquella esencia azul tan querida y familiar... él me consolaba estrechándome contra su pecho cuando la tristeza llenaba mi cáliz de lirio, mi paladín que siempre aparecía para rescatarme de los peligros a los que me llevaba mi imprudencia de chiquilla traviesa aventurándose en los parajes desconocidos del limbo. Posó su mano sobre mi hombro… vi en su muñeca el brazalete de zafiros y rubíes, príncipe azul concubino del diablo.

- No llores por él – me dijo Leux.
- Te hiciste pasar por él durante diecisiete años – le respondí – tú disfrutabas de todos los honores y privilegios mientras que él, quien derramó su sangre para liberar a Celesta de la atalaya de ámbar en la que Yahvé la tenía prisionera, vagaba como un espectro errabundo en estas horrendas sendas y era atormentado por los perros del infierno y otros mil espantos... ¿y me pides que no llore por él?
- Su misión era inmolar su vida, él lo supo desde el principio – me dijo - ya deja de llorar.

Pero las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos y grité perdón al viento.

- No le pidas perdón – masculló Leux.
- Fui una ingrata con él – le respondí – lo traicioné.
- Tú no lo sabías – insistió.
- Cierto – admití – ellas me engañaron, me pusieron un velo para que creyera que tú eras él… y tú aceptase seguirles el juego. Eres tú quien debería de pedirle perdón.
- Yo solo obedecí lo que las diosas me ordenaron hacer – dijo –  vámonos, los perros se acercan.

Me negué a levantarme del suelo entonces Leux me tomó fuertemente el brazo y yo le respondí con una bofetada. Los ladridos se acercaban y se percibía la fétida niebla amarilla de los espectros grises que se alimentan de las almas.

- Lileth, vámonos – me advirtió – ellos se acercan.

Leux me levantó en vilo sin hacer caso a mis protestas. Me llevó a la Mansión y me senté en un sillón sin mirarlo. Tenía los pies llagados, él se arrodilló para limpiar mis pies con una toalla.

- No me toques – le dije rechazando sus atenciones.
- Estás herida – insistió – deja que te cure.
- Llamaré a uno de mis elfos para que lo haga – le respondí – vete… no quiero verte.
- ¿Por qué estás enojada conmigo? – me preguntó.
- ¿Y encima tienes el descaro de preguntármelo? – le refuté indignada.
- Ya te dije que yo sólo hice lo que las diosas me ordenaron hacer – me recalcó molesto - ¿crees que me gustó hacerme pasar por él durante todos estos años y qué me complacía que pensaras en él cuando te hacía el amor?... ¿te imaginas cuánto me dolía que no me reconocieras, a mi, que fui tu hermano y tu amante en tantas vidas?

Me conmovió.

- Ven, cariño – le dije, él se arrodilló a mis pies y apoyó su cabeza en mi regazo.
- Yo sólo quería escuchar mi nombre de tus labios cuando te hacía mía – murmuró – pero tú...
- No me hagas una escena porque nunca te llamé con su nombre – le recordé.
- Es cierto – admitió – entonces ¿fingías que no me habías reconocido?
- No, no estaba fingiendo – le respondí – todo esto es tan confuso... yo creía que eras él pero… tal vez... tal vez en lo profundo de mi subconsciente sabía que eras tú.


Cerré los ojos tratando de encontrar algo que sabía estaba refundido en mi memoria: Esa noche de abril la luna mortecina parecía una antorcha funeraria… el sacrificio se realizó y Celesta fue liberada. Luego ella me citó en la Mansión de las Ánimas para que le otorgara al muchacho de ojos tristes la recompensa que le correspondía por haber ofrendado su sangre y su vida.

Estaba en la alcoba esperándolo... él llegó y descorrió los cortinajes del lecho. Su cabello le caía hasta la cintura como una cascada de oro bruñido y tenía los ojos azul zafiro sombreados de negro. Sin decir palabra se inclinó sobre mí y yo murmuré su nombre.

- No me llames con ése nombre – me dijo.
- Pero si es tu nombre – le respondí.
- No, no lo es – insistió.
- Tienes razón, fue el nombre que llevaste en vida – admití – ya no es tu nombre.

Iba a llamarlo por el nombre que le dieron los Dioses ante el Tribunal de los Arcanos pero él no me dejó decir mas, me besó... esencia de mar azul en sus labios... lo reconocí de inmediato.

- ¡Leux! – exclamé.
- ¿Te desagrada que sea yo? – me preguntó - ¿o lo prefieres a él?
- No, claro que no – le respondí – pero si los inmortales se enteran que nosotros...
- Quiero hacerte mía – me dijo - ¿o crees que no vale la pena correr el riesgo?
- No digas tonterías, por ti arriesgaría un mundo – admití – pero quítate ésa falsa apariencia.

Entonces se quitó el disfraz. Su cabello castaño con reflejos de oro y sus ojos dorados, aunque al principio fueron verdemar pero tantas vidas en mundos amarillos bajo soles áureos y entre arenas de oro le cambiaron el color... y su sonrisa, ésa sonrisa tan adorable que siempre he amado.

Espuma de mar derramada en el cáliz de la luna.

Ya casi amanecía... él se acurrucó en mi pecho. Entonces surgió la niebla... mortecina niebla azul e invernal que nos envolvió y nos quedamos dormidos como bajo el efecto de un somnífero.

Desperté confusa... a mi lado estaba el muchacho de cabello dorado, aún dormía. Lo acaricié y él abrió los ojos, ojos azul zafiro... me sonrió... ¿Ingwe?... un eco en mi cabeza: No me llames con ése nombre porque no es el mío.


Y abrí los ojos saliendo del trance. Leux estaba mirándome atónito, supe que él también había recordado lo mismo que yo.

La risa argentina y cascabelera de la que portadora del cirio.


Liliana Celeste Flores Vega, 18 de abril del 2008


El beso del principado

Una de aquellas noches híbridas de realidad y fantasía las tres lunas se alinearon y un rayo de luz azul abrió un portal entre ambos mundos. Entre vapores mortecinos surgió un espectral y hermoso personaje: Un soberbio Principado con tres pares de alas de plumaje áureo de las cuales se desprendían los resplandores de mil luceros, vigoroso como un gladiador y elegante como un noble... vestía una túnica blanca azulada bordada con filigranas de plata, larga y con aberturas a ambos lados que permitían apreciar sus piernas esbeltas pero bien formadas... calzaba caligas de cuero y llevaba una media armadura de metal con púas en la hombrera derecha de la cual se sujetaba una capa azul noche que le caía de lado con inadvertida elegancia... completaba su indumentaria un cinturón de cuero que le caía hasta la cadera del cual colgaba una vaina que guardaba una espada con empuñadura de plata adornada con zafiros... sus largos cabellos dorados y levemente ondeados caían sobre sus hombros y en alborotado desorden descendían por su espalda entre sus alas hasta su cintura y enmarcaban su rostro pálido en el que dormitaba una sobra de tristeza... y sus ojos eran como ascuas de azul fuego fatuo.

El espejo había desaparecido como por encanto pero ambos mundos aún estaban separados por un abismo oscuro y profundo... ignorante de cómo había sucedido me encontré en el filo del acantilado, descalza y vistiendo solo un delgado camisón, una fría brisa me estremeció. El bello Principado me sonrió y su sonrisa fue melancólica, como si sus hermosas galas y su irreal brillo fueran un gran peso.

Rutiló como un astro eclipsado, majestuoso y fatídico en su angelical belleza tenebrosa... echó hacia atrás su sedosa cabellera dorada con un majestuoso movimiento, desplegó sus alas de las cuáles se desprendieron millares de centellas de oro y en raudo vuelo atravesó el abismo de vapores mortecinos... batiendo sus magníficas alas atravesó la inmensidad desolada que nos separaba y llegó al lado del abismo en el que yo me encontraba, envolviéndome con sus alas y tomándome tiernamente entre sus brazos me estrechó amorosamente contra su pecho... no sentí temor, el fantástico Principado tenía el perfume del cielo, el calor de la ternura pero su aura estaba entristecida por la frialdad azul del invierno eterno... y me besó... sus labios se posaron sobre los míos con la suavidad de una mariposa que se posa sobre un capullo de rosa semiabierto... una dulce somnolencia me envolvió pero antes de caer desvanecida entre sus brazos alcancé a ver dos cuernos ocultos en su revuelta cabellera dorada.

Liliana Celeste Flores Vega, 1996


El sueño en el Templo de Kali

Buscamos un hotel y pedimos una habitación. Me senté en la cama y me quité los incómodos zapatos de tacón. No habíamos encontrado vino y tuvimos que comprar ron, él me llenó el vaso descartable y se fue al baño… no me gustaba el ron puro pero no había otra cosa y lo apuré de un trago, me serví otro vaso y lo apuré de la misma manera… el murmullo del ron se me subió a la cabeza de inmediato.

Cuando Luis salió del baño sin camisa y con el cabello mojado noté que tenía dos tatuajes más, adiviné el significado de éstos, eran sellos de iniciación, él había seguido haciendo rituales. Noté que tenía los músculos mas marcados, realmente se veía muy guapo, sentí deseos de follar con él y busqué otro cigarro en mi bolso para que el humo me quitara las tonterías de la cabeza… él me ofreció el encendedor, tomó la botella de ron y bebió un trago largo del pico. Luego apagó la luz de la habitación habiendo dejado encendida la del baño… Luis sabía que me gustaba la penumbra para tener sexo, se arrodilló a mis pies y empezó a acariciármelos.

- No me hagas eso – protesté retirando mis pies de su alcance – accedí acompañarte porque dijiste que teníamos que hablar… así que habla.
- Tenemos que hacer unos rituales en las tierras del Norte – me respondió.
- ¿Cómo los rituales que hicimos en 1999? – le pregunté encendiendo otro cigarro.
- No lo sé, tenemos que encontrarnos con don Faustino ¿te acuerdas de él? – me preguntó, yo asentí – él nos indicará lo que debemos de hacer.
- No he aceptado ir contigo – le recordé.
- Entonces te pido que aceptes acompañarme a hablar con don Faustino – me propuso – luego decides acompañarme a hacer los rituales o no.
- Me parece razonable, entonces ahora vamos a dormir y mañana temprano iremos a hablar con don Faustino – dije apagando el cigarro en su hombro.

Él no se quejó, al contrario… cerró los ojos y se humedeció los labios disfrutando del placer del dolor, eso me excitó mucho pero no quería ceder tan fácil.

- Es temprano para dormir – me dijo  con una sonrisa seductora.
- Me tomé dos vasos de ron de golpe y todo me da vueltas – le respondí.
- Entonces sólo déjame hacer – añadió acariciando mis muslos.
- Dijiste que no me forzarías a tener sexo contigo ésta noche – le recordé.
- ¿Te estoy forzando? – me preguntó acomodándose entre mis piernas y quitándome la ropa interior, no puse resistencia y me abandoné al placer que me daban sus labios recorriendo el interior de mis muslos… pero reaccioné cuando sentí sus dedos dentro de mi.
- ¡No, basta! – exclamé empujándolo a pesar de que deseaba volver a sentir el tibio vaho de su respiración jadeante en mi cuello mientras se empujaba dentro de mí – tengo un montón de imágenes terribles agolpándose en mi cabeza y son muchas para asimilarlas… necesito descansar.
- Necesitas relajarte – insistió.
- Déjame tranquila o me voy ahora mismo y quedará en tu conciencia si me asaltan o si el taxista me viola – dije tajante.
- Quiero hacerte el amor, mi reina – dijo poniéndose de pie, se quitó las botas y los pantalones – no pienses en esas terribles imágenes, el bombardeo es normal cuando se rasgan los velos, no te esfuerces en asimilarlas, tus recuerdos se ordenaran poco a poco… ahora sólo entrégate al placer que sabes que sé darte.

Y me entregué al placer que sólo él sabía darme. Mientras estaba empujándose dentro de mí me repetí varias veces que no podía permitirme la estupidez de volver a enamorarme de él… pero terminado el encuentro  tenía un “te amo” temblándome en los labios.

Nos quedamos adormilados abrazados, luego yo me levanté para ir al baño. Cuando regresé a la cama Luis ya se había quedado dormido boca abajo, acaricié su espalda y me detuve un buen rato repasando con mis dedos las líneas del tatuaje que tenía un poco más debajo de la nuca… recordé la primera noche que me entregué a él creyendo que era el hombre que había visto en mis sueños… sin duda él estaba en muchos de mis sueños pero ¿podía estar completamente segura que él era el hombre que había visto en “ése sueño”?

“El sueño en el Templo de Kali” así había titulado aquél sueño, uno de los primeros que escribí en mi bitácora onírica y estaba fechado en 1992. En ésas épocas yo estaba muy metida en la escena black metal y leía mucho de mitología nórdica, por eso me llamó mucho la atención aquél sueño que estaba fuera de contexto.

Yo llevaba un vestido blanco largo y vaporoso, un velo, una corona de rosas azules y un ramo de lirios como si fuera una novia… también llevaba joyas de plata y zafiros, un collar, zarcillos y una sortija. Ya me había soñado vestida de blanco y con un velo, vestida de “dama blanca” a imagen de Celesta, la Dulce Muerte… pero generalmente me soñaba en la Torre de Ámbar, en la Mansión de las Ánimas o en el Palacio de Invierno.

Me encontraba frente a un Templo de Kali, la arquitectura e iconografía eran inconfundibles. En la puerta principal un sacerdote me dijo que antes de entrar tenía que quitarme los zapatos, así lo hice, él me permitió la entrada y me indicó que cruzara el patio en donde encontraría otra puerta. Seguí por el camino que me señaló hasta que llegué a la otra puerta en donde otro sacerdote me dijo que tenía que entregarle mi collar, así lo hice, él abrió la puerta y me indicó que cruzara el hermoso jardín hasta llegar a la siguiente puerta. En la tercera puerta un tercer sacerdote me pidió mis zarcillos, abrió la puerta y me indicó que cruzara el salón… en ése salón había objetos muy valiosos, cofres rebosantes de joyas, libros con cubiertas de cuero y oro, ánforas, estatuas… sabía que no debería de tocarlos y seguí de frente.

Llegué a una cuarta puerta donde un venerable anciano me dijo que le entregara mi anillo, así lo hice, él abrió la puerta, finalmente había llegado al Templo… el venerable anciano me dijo que cruzara el Templo hasta llegar al altar. Caminé por el medio de las personas que estaban rezando arrodilladas, hombres a un lado y mujeres al otro, hasta llegar al altar en dónde había una estatua de la diosa Kali danzando sobre Shiva y me arrodillé… otro venerable anciano que estaba allí me preguntó si estaba dispuesta a pagar el precio para llegar hasta la cámara secreta del Templo, le respondí que si… sabía que eran nueve puertas y me faltaban cinco,  ya no me quedaban joyas para pagar pero supuse que debería de pagar entregando el ramo de lirios, la corona de rosas, mi velo, mi vestido y el último pago sería una ofrenda de sangre… efectivamente el venerable anciano me dijo que dejara el ramo de lirios a los pies de la estatua de Kali y me dio una vela encendida del altar… luego abrió una puerta secreta y me indicó que bajara por las escaleras.

Bajé por las escaleras, crucé un estrecho pasillo y llegué a otra puerta, no había nadie así que toqué tres veces… me abrió otro venerable anciano y me indicó con un gesto que le entregara mi corona de rosas azules, así lo hice, él abrió la puerta y me dejó pasar. Bajé otra escalera y crucé otro estrecho pasillo hasta que llegué a la séptima puerta… ésta también estaba cerrada y toqué tres veces, me abrió otro venerable anciano y señaló mi cabeza, supuse que me estaba pidiendo que le entregara mi velo, me lo quité y se lo entregué pero él no quiso recibirlo… le pregunté que quería que le diera y señaló mi cabello, accedí… él cortó mi cabello con una navaja hasta la altura de los hombros y me dejó pasar.

Después de bajar otra escalera y cruzar otro estrecho pasillo llegué a la octava puerta, también estaba cerrada y toqué tres veces… me abrió otro venerable anciano, era ciego… supe que tenía que entregarle mi vestido para que me dejara pasar, así lo hice… le entregué también mi velo pero él no lo tomó y me abrió la puerta. Bajé otra escalera y crucé otro estrecho pasillo, me había puesto el velo sobre los hombros para cubrir mi desnudez… la vela se estaba consumiendo y casi me estaba quemando los dedos… aceleré el paso y finalmente llegué a la novena puerta.

Me pregunté cual sería la ofrenda de sangre que debería de pagar… iba a tocar a la puerta pero me di cuenta que estaba entreabierta. Dudé entre si debería de entrar o esperar… la vela ya se había consumido casi por completo y la flama me estaba lamiendo los dedos, no pude evitar soltarla y me quedé completamente a oscuras… entonces noté la claridad que salía de la puerta entreabierta y me decidí a entrar.

La cámara secreta era pequeña y estaba iluminada por una lámpara de aceite que le daba una luz mortecina y un tenue perfume al lugar. En el centro estaba un hombre desnudo de rodillas… no había estatuas ni símbolos dibujados en las paredes, el hombre estaba contemplando la lánguida luz de la lámpara… entonces noté que estaba temblando y decidí acercarme a él para darle mi velo que aunque era delgado podía darle algo de abrigo… pensé que tal vez era un acto simbólico y por eso los venerables ancianos no me habían pedido que entregara mi velo.

Di un par de pasos acercándome a él y mis pies descalzos tocaron algo viscoso y tibio, noté que era sangre… el hombre estaba sentado en medio de un charco de sangre… entonces me di cuenta que estaba sentado sobre una estaca de sacrificio y que el motivo de su temblor no era el frío.

Me aproximé al hombre, me arrodillé a sus espaldas sin que me importase poner mis rodillas en medio del charco de sangre y lo abracé con ternura… sentí más su temblor y su sufrimiento por el martirio al que supuse se había sometido voluntariamente pues no estaba encadenado ni atado. Tenía el cabello rubio cenizo y le llegaba hasta los hombros, se lo aparté y le acaricié la nuca susurrándole cariñosamente que se relajara… el hombre echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro que fue casi un sollozo, seguí acariciándole la nuca y los hombros hasta que dejó de temblar… noté que tenía un tatuaje de un símbolo en la nuca.

Besé su cuello y mordisqueé suavemente sus hombros, él dejó escapar otro suspiro que fue de placer… acaricié su pecho y pellizqué sus pezones… seguí acariciando su vientre y bajé hasta su pubis, su miembro viril estaba erecto y lo atendí un buen rato.

Después tomé sus manos y las llevé hasta su pecho indicándole que estimulara sus pezones con delicadeza, volví a ocuparme de su miembro viril masturbándolo con una mano y con la otra empecé a masturbarme… él buscó mi mano y me guió para que acariciara sus testículos y la zona de su perineo, rocé la gruesa estaca que tenía empalada y mis dedos se mojaron con su sangre… cambié de mano, seguí masturbándome con mi mano sucia con su sangre y masturbándolo a él con mi mano mojada con mis fluidos… llegamos al orgasmo juntos, él eyaculó en mi mano, yo me la llevé a la boca y lamí mis dedos.

Luego lo ayudé a incorporarse lentamente para que se retirara la estaca, él se acurrucó en el suelo en posición fetal, mi velo sirvió para limpiarle la sangre que le escurría hasta los muslos… rasgué un pedazo del velo para improvisar un tapón, lo humedecí con mi saliva y delicadamente se lo introduje en el recto para controlar la hemorragia.

Después acaricié sus caderas, no se me ocurría que otra cosa podía hacer para aliviarlo un poco. Le dije que se acurrucara entre mis brazos y tratara de dormir un poco… él giró para acomodarse entre mis brazos y fue cuando vi su rostro: Sus ojos eran claros, sus facciones definidas… y vi con espanto que tenía la boca cosida... pasé mis dedos sobre sus labios, no tenía a mano nada con que cortar los hilos y tratar de arrancárselos le haría mas daño… él acarició mi mejilla y jugó con mis mechones de cabello que apenas me llegaban a los hombros… me miraba como pidiéndome un beso y posé mi boca sobre sus labios cosidos.

Finalmente se acurrucó en mi regazo y le pregunté: ¿Cómo voy a saber tu nombre?... él intentó balbucear su nombre pero no le entendí, entonces dibujó las letras en el suelo usando su sangre como tinta… lo leí y le dije que no lo olvidaría. Pero cuando me desperté sólo recordaba las dos primeras letras L y U… recordaba que escribió dos letras más y luego una segunda palabra tal vez de cinco o más letras.

Sentí frío y me levanté para cerrar la ventana. Entonces y después de tantos años recordé un detalle: Los ojos de ése hombre eran azules. Regresé a la cama y desperté a Luis.

- ¿Recuerdas aquél sueño mío del Templo de Kali? – le pregunté, yo le había contado ése sueño cuando vivíamos juntos en la casona de don Rodrigo pero había omitido los detalles de la estaca de sacrificio y la masturbación.
- Si, lo recuerdo – me respondió él bostezando – te dije que lo de tus pagos para cruzar las nueve puertas era análogo al mito de Isthar cuando descendió al infierno.
- Si, me dijiste eso – le confirmé – y también me dijiste que ése hombre con el que había soñado eras tú… pero hay algunos detalles que no encajan contigo.
- ¿Otra vez con eso? – dijo desperezándose – ya lo habíamos aclarado… veamos si me acuerdo de todos los puntos dudosos… sabes que he viajado a la India varias veces y que me inicié en los misterios del Templo de Kali, la Madre Oscura… tengo el mismo tatuaje que viste que tenía en tu sueño… soñaste eso en 1992 y en ése entonces yo llevaba el cabello largo hasta los hombros y teñido de rubio… mi primer nombre es Luis lo cual coincide perfectamente con lo que recuerdas, la segunda palabra que no recuerdas es sin duda mi segundo nombre.
- Recordé el color de los ojos de ése hombre – le dije – eran azules y los tuyos son verdes.
- ¿Ése es el detalle que no encaja conmigo? – me preguntó con un bufido – yo también te he contado los primeros sueños que tuve contigo antes de conocerte, en mis sueños tu cabello era rubio oscuro rizado tal como lo tienes ahora… pero tu cabello natural es castaño y un poco mas lacio. No hay una exactitud en la carta de colores onírica… el hombre con el que soñaste tenía los ojos claros y yo los tengo claros… si yo tuviera los ojos negros entonces si te aceptaría que es un detalle que no encaja conmigo.
- Bueno, lo acepto… pero hay dos cosas más que no te conté sobre aquél sueño – proseguí – y quiero que me digas cuales son.
- ¿Sigues borracha? – me preguntó con otro bufido - ¿cómo pretendes que yo te cuente los detalles de un sueño que tuviste tú?
- Si tú eres el hombre de ése sueño deberías de conocer esos detalles – insistí.
- ¿Ya estás en tu hora de la tontería, no?... fue un sueño visionario que tuviste tú, no un encuentro que tuvimos ambos en el plano astral – me refutó – y aunque hubiera sido así es normal que al despertar uno se olvide de algunos detalles de los encuentros en el plano astral… ra letras L y U...gaban a los hombros.....orte go abri al otro, hasta llegar al altar en dpero si insistes dame algunas pistas y tal vez recuerde esos detalles.
- Estabas desnudo y arrodillado en el centro de la cámara secreta, habías hecho un sacrificio como ofrenda – le adelanté, él asintió dándome a entender que lo recordaba - ¿cuál fue?
- Sangre, mi sangre – me respondió pero sin mencionar lo de la estaca.
- Yo me acerqué a ti y empecé a acariciarte – proseguí - ¿qué más sucedió?
- Es obvio, hicimos el amor – me respondió – ahora espero que no te hayan quedado dudas, duérmete.


Me conformé con sus repuestas, me acurruqué entre sus brazos y me quedé dormida.

Liliana Celeste Flores Vega
Fragmento del primer capítulo de mi novela sobrenatural “Las Pinturas de la Muerte”