in girum imus nocte et consumimur igni

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miércoles, 30 de junio de 2021

La Lechuza en el Laberinto

LA LECHUZA EN EL LABERINTO
Novela de fantasía onírica y erótica.

Ya ha pasado un año desde cuando Lucipher se marchó para cumplir con la profecía que decía que su destino era sentarse en el Trono Dorado y gobernar sobre el Universo, nadie nos dijo que su magnífico reinado duraría una eternidad efímera. Cumpliendo esa engañosa profecía se inmolaron múltiples Soles. Y yo, Lilith, la Luna azul, quedé viuda… perdí al que fue mi hermano y mi esposo, perdí la luz que me iluminaba y me hacía brillar en el cielo nocturno. Y siento la pérdida… me falta su cálido aliento, su amor, su pasión y su deseo. 



CAPÍTULOS


Estrella y Lucero

Serás Luzbel

Cenizas



El seductor de sirenas

Las cadenas de la luna

El retorno de Pendragon

Tinuviel

Es un anhelo

Los funerales del Sol


Morrigan

Excalibur

Los hijos del Jaguar




viernes, 18 de junio de 2021

Memorias de un harén

Lucía era una flor rara arrancada de tierras lejanas y plantada en un invernadero oriental pero nunca quiso contarme de dónde venía ni como había llegado al harén… nunca hablaba de su infancia. Compartíamos una habitación del serrallo y dormíamos juntas sobre una mullida alfombra entre almohadones de terciopelo… mudos testigos de inocentes caricias que compartíamos en silencio mientras nos dejábamos envolver por las volutas de incienso.
 
Cuando el amo llamaba a una de nosotras a su alcoba la otra se quedaba como una felina enjaulada dando vueltas en aquella celda de terciopelo y oro… cuando una volvía la otra no le decía nada, ya tenía preparada la tinaja llena de agua tibia y aceite de benjuí… una se despojaba de la bata y de inmediato se metía a la tinaja mientras la otra tomaba la esponja y le refregaba el cuerpo quitándole de la piel el olor de aquél hombre moreno y sádico, borrando esos besos y caricias infames.
 
Lucía olía a harén, en los momentos tristes la abrazaba y me embriagaba con el perfume de rosa y bergamota que yacía en su cuello delgado y grácil… no podía evitar que mis labios se deslizaran por su piel tersa y bronceada… entonces ella reía y su risa era un arpegio como una cascada de oro… ella me besaba en la boca, miel y naranjas era el sabor que tenía su paladar… y éramos felices en ése infierno.
 
Me gustaba verla despertarse cada mañana estirándose como una felina, me deleitaba contemplando sus pechos generosos, su cintura estrecha y sus caderas cinceladas… Lucía tenía el sol en la piel y el cielo azul en la mirada. Me gustaba cepillar su cabello dorado que desprendía aroma de patchulí… y ella se convirtió en mi todo en medio de la nada.
 
Liliana Celeste Flores Vega (Lileth) - 2015
Imagen: Dibujo Fee Absinthe


miércoles, 16 de junio de 2021

Bardo

Lo conocí una tarde, en una de mis infantiles correrías buscando la tierra de las leyendas. Sus azules ojos de poeta presagiaban las tristezas que cantaría su arpa de viento en las madrugadas inciertas de amores. Yo me había escapado del Palacio de Invierno, cansada de fregar pisos de día y vestir seda de noche, tomé un atado de ropas y hui, allende hacia las tierras de occidente donde decían que existían ricas y soleadas viñas.
 
Cansada de caminar toda una jornada, me senté en la hierba para comer unos panecillos de manteca mientras pensaba si aventurarme caminando durante la noche o esperar la caravana de los elfos y pedirles amparo. Entonces escuché los cascos de un caballo quebrando la seca hojarasca, me puse de pie y sacudí mis ropas aldeanas, decidida a pedirle a un elfo que me llevara con él como sierva en las tierras de la bella gente que todo era preferible a seguir siendo cortesana.
 
Blanco era el esbelto corcel, lujosos los arreos y el joven que lo montaba, aunque no era un elfo, era tan hermoso como ellos: Ropajes de príncipe, rubios los cabellos, azul la mirada y una infinita tristeza nublando su alma. Se apeó como todo un caballero, hizo una reverencia y me preguntó si yo era un hada, negué con la cabeza, sorprendida de que llevando tan humildes ropajes de aldeana, me confundiera con una grácil criatura encantada.
 
Le dije que era huérfana y que me encontraba desamparada, me ofreció llevarme al palacio de su padre y me ayudó a montar a la grupa de su caballo. Bendecía mi suerte soñada cuando tras de nosotros rugió el cuerno y un tropel nos alcanzaba. Ebiliss, jinete en brioso corcel negro, desmintió mi pobreza y diciendo que yo era una princesa un poco tronada de la cabeza, refrenó la brida del blanco corcel, me obligó a apearme y a regresar con él. Asiéndome a la capa de Ebiliss, regresé al Palacio de Invierno con mis sueños rotos mientras que el joven príncipe, desconcertado por tan extraño encuentro se debatía entre una interrogante y una sonrisa.
 
Noches más tarde, resignada a mi destino, me arreglaba frente al espejo pues Aradia me había dicho que un noble capitán había solicitado mis servicios para su joven hijo que muy pronto se iba casar, terminé mi tocado y bajé al salón. Adramelech me esperaba al pie de la escalera, me tomó de la mano y me llevó a la mesa donde el noble capitán y su hijo esperaban... aquél joven que estupefacto me clavaba su azul mirada era el joven príncipe del blanco corcel.
 
El noble capitán jaló la silla y me invitó a sentarme, sonrió y nos dejó solos en la mesa acompañados por una botella de champagne, haciendo alarde de mi sangre fría serví las copas intentando que las manos no me temblaran. El joven príncipe debió de atar cabos y comprender inmediatamente los motivos de la princesa fugitiva, pero mi dignidad se puso careta de desmemoriada y lo invité a subir a la alcoba.
 
La alcoba convidaba a la molicie, amplio y mullido el lecho de doseles, los pebeteros suspiraban volutas azuladas de embriagadoras fragancias y las velas dibujan claroscuros mientras que yo me desvestía tras el biombo. Aligerada de ropajes, desvestida a medias me acerqué a él, quien hundido entre los almohadones del lecho más parecía una víctima en el cadalso que debutante de los placeres carnales por los que su padre había pagado con diamantes.
 
Y mis manos se deslizaron suavemente al desvestirlo, desnudos los dos, sentados en el lecho, él se limitaba a acariciar mis rizos con embeleso, sus ojos azules no se atrevían a recorrer la desnudez de mi cuerpo velados por sus pestañas con gotas de rocío. No pude sostener por más tiempo mi careta de carnaval y las lágrimas corrieron por mis mejillas, entonces él me abrazó rompiendo también en llanto, con el abrazo nuestros pechos se unieron y nos arrastró un mar de besos y caricias azules.
 
Sin palabras fue nuestro juramento de amarnos, pues el amor no las necesita cuando se expresa con el silencio de dos almas enamoradas, el inexperto en lujuria me enseñó con su inocencia la ciencia sagrada de hacer el amor. En la alborada, confundidos aún en un solo latido nuestros corazones, me confesó que él no quería casarse ni seguir la carrera de las armas como lo pretendía su padre, que había nacido bardo… ¡y que solo deseaba ser un poeta!

Liliana Celeste Flores Vega - mayo 2015
Imagen: Pixabay

viernes, 11 de junio de 2021

Vándalo

Rojos como el fuego sus desgreñados cabellos, azules como el cielo sus vivaces ojos de aventurero. Él me invita a escaparme del Palacio de Invierno para que lo acompañe al bosque de abetos en sus correrías de niño travieso. Juntos crecemos, él es libre como el viento, inculto y salvaje como un caballo indómito que sólo desea correr en el páramo, intrépido y temerario como un vikingo que sólo quiere hacerse a la mar.
 
Reniega de mi destino que me hace cortesana, detesta los bailes y banquetes en los que mis caricias se subastan, odia a los ricos nobles que pueden comprarlas y maldice su origen sin casta. Aquellas noches infames huye del palacio… al día siguiente, por la mañana, entra a mi alcoba con un ramo de brezos y los ojos enrojecidos por las lágrimas, la indignación inflama su pecho al verme lastimada.
 
Me jura que se hará fuerte para cruzar los mares, que regresará con su barco cargado de tesoros con los cuales comprará mi libertad, que matará con su espada a esos depravados y que me hará su esposa y princesa del Palacio de Cristal. Me consuela, me acompaña al lago para que me bañe, cierra los ojos mientras dejo mis ropas en la orilla, cuando escucha mi chapoteo en el agua los abre, sonríe al verme nadar y dice que soy la sirena de sus mares.
 
Y mientras se hace fuerte para cumplir con su promesa, intenta borrar con sus besos y caricias las marcas de lujuria que aquellos nobles degenerados dejaron sobre mi piel. Es un vándalo que sin partir a lejanas tierras opulentas comete pillaje robándome amor.

Liliana Celeste Flores Vega - mayo 2015
Imagen: Pixabay