in girum imus nocte et consumimur igni

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sábado, 11 de enero de 2014

Prólogo: Bajo el embrujo del Lucero de la Tarde

Soy la Luna Oscura, la Hechicera que conjura sortilegios en las tinieblas y escribe profecías en el aire, la Guerrera que cabalga sobre una Quimera a través de la tormenta empuñando una porra sangrienta, la Reina que se sienta en un trono hecho de cadáveres y espadas quebradas. Soy la Madonna de la Lujuria, la Regente del Burdel del Diablo que se regodea en un lecho de sábanas negras ebria de vino especiado contemplando la lúbrica danza de las orgías infernales.
 
O tal vez debería de decir que lo era. Cuando el Cometa Negro surcó los cielos anunciando el Final del Ciclo y el Inicio de una Nueva Era me desposé con Lucipher en un ritual que se llevó a cabo en la isla misteriosa que emergió del mar y el Primigenio que dormía en las profundidades de su Ciudad Maldita despertó para ser el testigo de nuestro enlace. Heredamos de nuestros padres los Cetros del Sol y la Luna y con ellos el deber y el derecho de reinar sobre el Astral Azul y sus ciento once mundos.
 
Entonces Lucipher, mi hermano y consorte, decidió cobrarse por los siglos de exilio y vengarse de mis infidelidades. De inmediato prohibió las bacanales de medianoche en el jardín prohibido de mi Harén, expulsó al limbo a mis sumisos esclavos de lecho y encerró en las mazmorras a mis pervertidos amantes. Le concedí la razón pues reconocí que estaba en su legítimo derecho de exigirme el respeto que se merece un esposo, pero allí no cesó su enojo. Me negó el permiso para asistir a los festines que las brujas y las hadas oscuras en el Bosque Petrificado. Ordenó silenciar los himnos profanos y los cánticos de guerra blasfemos que cantaban mis devotos seguidores en el milenario círculo de piedras las noches luniplenas. Prohibió las ceremonias y vetó las ofrendas sangrientas que mis feroces guerreros legendarios me obsequiaban y depositaban en los altares impíos de mi Templo Maldito que se levanta en el limite de la Noche y del Eterno Ocaso. Arrojó al Mar de la Eternidad las joyas y gemas que atiborraban las arcas de mi Palacio de Cristal, ricos obsequios de mis aduladores pretendientes. Trastocó todo mi Imperio… sólo respetó la biblioteca de mi Castillo de Invierno en mis feudos del Norte.
 
Cuando decidí darle la espalda en el lecho matrimonial reconoció su severidad, se disculpó y me prometió que me daría un obsequio que compensaría todo lo que había quitado. ¿Qué regalo podría ofrecerme Lucipher para compensar lo que la ciega furia de sus desvariados celos me había arrebatado?... ¿Qué pecado nunca antes cometido que me satisficiera y que no fuera una afrenta para su precario honor y excesivo orgullo podría inventar?... ¿Qué licor embriagador o delicioso manjar nunca antes saboreado que deleitara mi paladar, qué canción o melodía nunca antes escuchada que me estremeciera de emoción, qué ofrenda o sacrificio nunca antes inmolado que me complaciera, qué joya preciosa o tesoro insólito nunca antes visto que me deslumbrara, qué grimorio prohibido o pergamino anacrónico perdido en el tiempo que despertara mi curiosidad podría encontrar mi amado hermano y consorte para compensarme?
 
Sé que él buscó desde las alturas resplandecientes del Cielo hasta las profundidades oscuras del Mar donde duermen los Dioses Olvidados y más allá… en los fantásticos bosques de los elfos, en las extraordinarias minas de los enanos, en las legendarias madrigueras de los dragones, en los palacios de cuarzo que habitan las hadas, en los castillos de viento donde moran los silfos, en las grutas de coral en las que se ocultan las ondinas… llegó hasta el último infierno donde el fuego eterno se ha congelado y recorrió los desiertos de las arenas del tiempo. Pero regresó sin haber hallado un obsequio para ofrecerme. Se sentó abatido en las escalinatas polvorientas del Templo de la Desolación, abatido pero decidido a no devolverme lo que me había arrebatado.
 
Me senté a su lado con una copa de nepente en la mano y bebí un sorbo intentando convencerme que la eternidad no es demasiado tiempo. Recosté mi cabeza sobre su hombro y nos quedamos en profundo silencio hasta que cayó la tarde, entonces una estrella resplandeció en el horizonte azul e iluminó su semblante sombrío. Lucipher sonrió, con una perversidad que no comprendí en ese momento, me besó y me dijo que finalmente había encontrado el obsequio perfecto. 
 
Esa noche Lucipher me tomó de la mano y cruzamos las sendas astrales hasta los linderos de lo real y lo onírico… llegamos a una alcoba, estaba en penumbras, las volutas del incienso de rosa y sándalo le otorgaban a la habitación una atmósfera sacrosanta… adiviné la tentadora silueta de un hombre que dormía plácidamente en un lecho con sábanas blancas… pero para mí, la Reina de los Súcubos, un atractivo doncel no era el regalo más novedoso. ¿Por qué Lucipher me ofrecía a este hombre con tanta ceremonia?
 
Me incliné sobre el durmiente para ver su rostro, lo reconocí: El reflejo de mi hermano y consorte en el espejo de la Luna. Entendí, aunque a medias. Lucipher me hizo un gesto de invitación para que me acercara al hombre que dormía en una postura inocentemente provocativa. Con dedos de hada taciturna acaricié su mejilla, una sensación extraña me recorrió de pies a cabeza como si estuviera cometiendo un sacrilegio con tan sólo acariciar el rostro de aquel hombre que dormía tan plácidamente… y fue una sensación deliciosa.
 
Me acomodé sobre él y posé mis labios sobre los suyos, entre sueños él reaccionó entreabriendo la boca para permitir la intromisión de mi lengua, bebí su aliento… solamente fue un beso, pero me excitó demasiado… una corazonada, un sobresalto… me aparté del hombre que se movió y sonrió entre sueños esperando otro beso etéreo. Intrigada interrogué a Lucipher con la mirada y con una sonrisa enigmática me respondió: “Es el obsequio más valioso que puedo darte, puedes tomarlo cuando lo desees”.
 
La noche siguiente recorrí sola las sendas astrales y repetí la visita nocturna. Bajo mi mística forma de lechuza blanca me deslicé en un rayo de luna y me posé en el borde de la ventana de la habitación. Contemplé al hombre que dormía desnudo entre las sábanas blancas, sobre el velador había una vela blanca perfumada. Me deleité recorriendo con la mirada su anatomía y los tatuajes que cubrían su piel, me llamó la atención uno en particular pues era el símbolo de los guerreros de Huaca Sian.
 
Tomé mi forma de dama blanca espectral y me incliné sobre su pecho, con dedos de seda acaricié sus párpados cerrados y algunos mechones de su cabello castaño… rocé mis labios con los suyos, su boca tenía un leve sabor de té, naranja y miel… aquel hombre esbozó una ligera sonrisa entre sueños, no me equivoqué al pensar que anhelaba nuestro encuentro. Me dejó hacer a mi antojo… me embriagué libando el vino más delicioso de su boca y disfruté apasionadamente de su cuerpo. Lo hice mío de una manera en la que nunca había poseído a mis anteriores amantes y él me hizo suya como nunca antes ninguno lo había conseguido.
 
Después de haber pecado descubrí quien era: El Lucero de la Tarde que rutila con brillante luz azul inmaculada, una delicada rosa inglesa de impolutos pétalos perfumados que creció en un invernadero. Era nuestro hijo primogénito, fruto de nuestro amor incorrupto, el único que tenía nuestras esencias de Sol y Luna en perfecta amalgama. Y Lucipher me lo entregó para que lo seduzca y lo arrastre a mis tinieblas con las caricias equivocadas de una madre enamorada.

Liliana Celeste Flores Vega - 2012 
Imagen: Google
 

domingo, 22 de diciembre de 2013

Lord de las Nieblas

Nadie sabe su nombre...
es un vagabundo de largos cabellos cenicientos
y ojos sin color.

Se dice que es un noble guerrero que perdió el honor
y ahora vaga envuelto con un manto de neblina
cubriendo su vergüenza y arrastrando su dolor.

Con la armadura mellada, el escudo desvencijado,
la espada sangrante y el yelmo roto
emergió de su sepulcro
oculto en el lado oscuro de la luna
obedeciendo el conjuro
de un arcángel de ojos violetas.

Se dice que se volvió  mercenario
y que el devorador de almas le prometió la inmortalidad
si le trae a la princesa fugitiva que huyó hacia el mar.

Nadie sabe su nombre...
el vagabundo va siguiendo las huellas
del breve pie de la princesa sobre la arena.

Liliana Celeste Flores Vega - 1998

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Vampiro

Un vampiro surgió de su hondo sepulcro acre
turbando la castidad de mi sueño de somníferos.

Llegó montado en un corcel negro con ojos de fuego
su rostro cubierto por un antifaz,
la oscura cabellera como cortina de noche
sobre los hombros.

Impetuosamente se abalanzó sobre mí
sediento de mi sangre estaba el vampiro...
sus colmillos se clavaron en mi cuello
y bebió con frenesí.

Los fármacos me habían hecho olvidar la fecha
pero mi instinto se doblegó a sus caricias
reconociendo en el vampiro enmascarado
a mi príncipe de tinieblas.

Y mi pecho correspondió las ansias de su pecho,
le ofrecí mis labios para que libara el deseo
y mi cuerpo para que saciara su lujuria
que se desencadenó sobre mi piel desnuda.

Y las estrellas pagaron el precio
de una noche inflamada de voluptuosidad sagrada,
íncubo de mi alcoba, caballero de mis leyendas
entre sus brazos me sentí prostituta y reina.

El esposo tomó a su esposa y no hubo reproches
los besos no necesitaron de palabras
ni las caricias pidieron permiso
para invadir territorio prohibido.

Y el vampiro partió con el alba
dejándome ebria de sangre y saciada de impudor.

Liliana Celeste Flores Vega - agosto de 1999


lunes, 11 de noviembre de 2013

Preludios de Borrasca

Preludios de Borrasca

La Luna como un curvo puñal de plata... en la lejanía preludios de borrasca.

- Lo sabía, siempre la misma historia repetida de mar y luna... sabes que tengo el derecho de obligarte a permanecer a mi lado... pero no lo haré, muchas veces te he puesto cadenas y solo he conseguido que tu cariño se trocara en odio... no es necesario que esperes a que se cumpla un año y un día para quedar libre de los lazos que te atan a mí, yo te libero... puedes irte con él ahora mismo si así lo deseas.

Ni amenazas ni reproches... está sentado en el lecho abrazando un almohadón y me esboza una triste sonrisa que me duele más que un ardiente cuchillo clavado en las entrañas.  Tomo mi bolso de viaje... el espejo de denegrido marco de plata, la bola de cristal, los naipes mágicos... y no puedo seguir empacando.

- Te quiero...
- Lo sé, me quieres... pero no me amas.
- Te voy a extrañar...
- Seguiremos viéndonos por nuestras obligaciones como shamanes y por nuestros hijos.
- Si, seguiremos viéndonos... pero... ¿si necesito hablar contigo?
- Tienes el espejo.
- Eh... me refería a...
- Puedes escribirle a mi hermano.
- Si, claro.

El libro de sombras, un cofrecillo... termino de empacar.

- Bueno... me voy.
- Los senderos del limbo aún no son seguros, que te acompañe la escolta.
- Está bien... cuídate.

Salgo de la habitación y cruzo el amplio salón en penumbras pero antes de llegar al portón me detengo y regreso... él sigue sentado en el lecho con el almohadón aferrado entre sus brazos, al sentir mi presencia hace un movimiento y oculta su rostro con sus cabellos.

- ¿Olvidaste algo?
- Si.

Me acerco a él, levanto su rostro, su mirada empañada por las lágrimas... lo beso pero él esquiva mi boca.


- No... no quiero tu lástima.
- No es lástima... 
- Si vas a decirme que en la puerta te diste cuenta que estás enamorada de mi... 
- Simplemente sentí un deseo irresistible de besarte.

- ¿Un antojo?
- Si, un antojo por el embarazo.


Me ofrece sus labios y lo beso tumbándolo sobre el lecho.

- Hum... ahora tengo deseos de acariciarte y de hacerte otras cositas.
- Entonces... ¿debo de dejarme hacer todo lo que desees por el bienestar de nuestro bebé?
- Exactamente... todo lo que yo desee.

- Pero él debe de estar esperándote.
- Pues que espere o que se entretenga haciendo marejadas.

La Luna cobijada entre las sombras... en la lejanía el mar azotando los acantilados.

- ¿Puedo venir cuando tenga deseos de verte?
- Solo si de verdad deseas verme... no lo hagas por lástima.
- Te avisaré enviándote una libélula.
- No es necesario, tienes la llave, puedes venir cuando lo desees... yo siempre estaré esperándote.
- ¿Siempre?
- Si, siempre... sé que llegará el día en el que te aburrirás del ruidoso vaivén de las olas y buscarás el tranquilo abrazo de las tinieblas.



Liliana Celeste Flores Vega - marzo 2009

miércoles, 12 de junio de 2013

La danza de la hechicera fantasma

Y desde aquella noche en la que el Principe de la Muerte
puso en mis manos el cirio que nunca se apaga
Celesta danza en mis sueños como una bruja ebria de luna.

Cada luna llena la argentina risotada de la Hechicera Fantasma
quiebra mis sueños de noches vagas,
ella usa mis manos para trazar extraños signos
y mi voz para cantar sus apócrifas oraciones paganas...
cabalga sobre su espantable unicornio
acompañada por sus guerreros de ultratumba,
jinetes sobre esqueléticos corceles negros
y como tropel enajenado descienden sobre los sueños para cazar almas.

Ella es una vampiresa que sabe disfrazarse de cándida niña

y por igual usar ardides de ramera para seducir y engañar
a aquellos que ella escoge para saciar su sed de sangre.

Celesta es una bruja que sabe de las artes oscuras

y si un amante la satisface no duda en convertirlo
en un caballero de su séquito espectral,
entonces le otorga un corcel fantasmal y una espada...
y si el elegido honra a la luna en los altares de Sodoma,
flagela su cuerpo con látigos y hiere su carne con cuchillos
ella le revelará los secretos de la alta magia
que el Príncipe de la Muerte descifra bajo la luz de su cirio.

Y desde aquella noche maldita a los ojos de dios

la Hechicera Fantasma danza en mis sueños
embriagándome de luna y de magia.

Liliana Celeste Flores Vega - 21 de mayo de 1991

jueves, 11 de abril de 2013

Preludios de Morte

Preludios de Morte

Llego a casa... medianoche de preludios azules... la Fantasmala me sonríe desde mi reflejo en el espejo... la llamada de mi hassassin me saca de mis elucubraciones para descifrar su sonrisa enigmática.

La luna de plata entre nubes enmascaradas... teje, teje su tela la araña milenaria... la sílfide de alas ligeras danza con las libélulas.

Nos encontramos en el vagón que lleva a ninguna parte y me lleva al puente sobre la quebrada mudo testigo de nuestras promesas... en la torre de la iglesia del cura sin cabeza graznan dos cuervos, la sombra de la guadaña de Thanatos.

Compramos una botella de vino... no es nuestro acostumbrado refugio pero mejor así, aquí no hay huellas que los grises puedan seguir.

La carcajada argentina de la Degolladora en confabulación con la Emperatriz Niña de los cuentos de hadas.

El hada verde en coloquios de amor y muerte con el vampiro. Madrigales del poeta de la fantasía... horas consumidas por las flamas hasta que se hace el alba.

La niebla de la mañana nos trae esencia de jazmín... él acaricia mi vientre y el rocío empañando la ventana es preludio a mis lágrimas.

Pero él ignora mi ruego... acaricio su cabello mientras llora sobre mi regazo y recuerdo... recuerdo mis vidas en mundos rojos y azules, las guerras, las pestes y todas las veces en que por mandato de la Degolladora empuñé una daga y corté la garganta de un niño nacido de mi vientre... aquellos habían sido hijos habidos con mis guerreros, concebidos para ser sacrificados.

Burbujea sobre la cuchara... extiendo mi brazo, él clava la aguja en mi vena pero la retira.

Nos despedimos... no puedo evitar llorar.

Tomo el bus y paso por aquella casa ahora en ruinas en la que llevé mi convalecencia de aquél accidente y entre nubes de opio, sándalo y pachulí lo confundía con Thanatos velando al lado de mi cama... ¿lo seguiré amando cuando deje de ser él?


Liliana Celeste Flores Vega - abril 2008

lunes, 4 de junio de 2012

El caldero del loco

En aquella aldea vive un monje loco que se cree hechicero,
es calvo y obeso, viste con harapos
y lleva un viejo bastón astillado como si fuera un báculo.

En las noches de luna llena
saca un gran caldero a su patio
y mezcla en él hierbas alucinógenas y venenos,
lo revuelve todo con una canilla de muerto
y balbucea incoherentes sortilegios.

En su locura alucina con los murmullos del bosque
e imagina una danza macabra
de bellas brujas desnudas...
se embriaga y se queda dormido
sobre su camastro mugriento.

Las noches sin luna lee su breviario, reza el rosario,
hace penitencia y recita exorcismos para espantar al demonio
que según él se mete por la ventana cada plenilunio.

Liliana Celeste Flores Vega - enero de 2000

miércoles, 16 de mayo de 2012

Delirio

Ha llovido toda la noche
la madrugada se aproxima con la guadaña en la mano
y el olor a fango se esparce por todos lados.

Húmedo y fragante
el bosque luce hermoso
y las últimas gotas de lluvia
se escurren de las ramas de los árboles
que de lejos semejan ser colosos
y se diría que éstos gigantes
han llorado toda la noche.

Los hijos de las nieblas
han danzado bajo la lluvia toda la noche
y ahora dormitan al cobijo de los frondosos olmos...
Los sacerdotes magos conjuran sus ritos
en las cavernas de la montaña vieja,
el día nace entre encajes plúmbeos y rosados,
los duendes gachos maldicen a la lluvia que anegó sus cosechas
y tristes entre los restos husmean,
el canto de las hadas despierta a las flores en capullo
y los silfos danzan desnudos en la alborada.

Y a la vera del camino
sucio de fango
llora un ángel que se ha perdido...

Liliana Celeste Flores Vega - 1988

lunes, 23 de abril de 2012

Eternamente

En el eterno ocaso
no se guardan memorias de días, fechas o años
no se celebran aniversarios...
sólo hay ausencias, lejanías y suspiros...
sólo hay lamentos, sollozos y llantos.

Recuerdos borrosos como el enigma escrito con sangre
por la mano temblorosa de un moribundo...
paisajes nebulosos como vistos a través de las brumas del mar...
retratos de difusos rostros como si los hubieran difuminado
tantas lágrimas vertidas sobre ellos.

Perpetúa melancolía sin final ni comienzo...
perpetúa tristeza sin tiempo definido... solo el gozo maldecido...
de seguir sufriendo... por siempre... eternamente...

Liliana Celeste Flores Vega - 1996

viernes, 9 de marzo de 2012

En aquel salón silencioso

Era noche tormentosa,
era noche en la que los espectros vagan…

Mi primera noche en el castillo rocoso y antiguo,
a pesar de estar cansada por el largo viaje no podía conciliar el sueño,
bajé las escaleras, una vela que había quedado encendida
bañaba de penumbra la triste soledad del gran salón.

Aquél retrato del noble conde (capa negra, espada en mano)
semiborrado por la humedad y los siglos, me atrajo
y lo contemplaba (como un imán su mirada)
cuando el mudo reloj despertó de su sueño:
trece campanadas... la hora encantada...
un vago rumor... un ruidoso silencio...
y desde ultratumba
el eco de los pasos del conde muerto.

Cerré los ojos, sabía que él estaba ahí (capa negra, espada en mano)
parado en el umbral de la puerta
esperando un descuido mío para clavarme los colmillos
y no quise mirarlo (como un imán su mirada)
para no caer en la tentación de amarlo (como lo advertía la leyenda)
pero él se acercó a mí (el filo de sus ojos hirió mis hombros desnudos)
y me tomó entre sus brazos venciendo mi débil resistencia
con las húmedas caricias de sus fríos labios.

Y fui suya bajo la sombra de su retrato
que la humedad y los siglos borraban (maldito sea el vampiro)
cuando el mudo reloj despertó de su sueño
y dio trece campanadas.

Era noche tormentosa,
era noche en la que los espectros vagan...

Liliana Celeste Flores Vega - 1988