in girum imus nocte et consumimur igni

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jueves, 11 de abril de 2013

Preludios de Morte

Preludios de Morte

Llego a casa... medianoche de preludios azules... la Fantasmala me sonríe desde mi reflejo en el espejo... la llamada de mi hassassin me saca de mis elucubraciones para descifrar su sonrisa enigmática.

La luna de plata entre nubes enmascaradas... teje, teje su tela la araña milenaria... la sílfide de alas ligeras danza con las libélulas.

Nos encontramos en el vagón que lleva a ninguna parte y me lleva al puente sobre la quebrada mudo testigo de nuestras promesas... en la torre de la iglesia del cura sin cabeza graznan dos cuervos, la sombra de la guadaña de Thanatos.

Compramos una botella de vino... no es nuestro acostumbrado refugio pero mejor así, aquí no hay huellas que los grises puedan seguir.

La carcajada argentina de la Degolladora en confabulación con la Emperatriz Niña de los cuentos de hadas.

El hada verde en coloquios de amor y muerte con el vampiro. Madrigales del poeta de la fantasía... horas consumidas por las flamas hasta que se hace el alba.

La niebla de la mañana nos trae esencia de jazmín... él acaricia mi vientre y el rocío empañando la ventana es preludio a mis lágrimas.

Pero él ignora mi ruego... acaricio su cabello mientras llora sobre mi regazo y recuerdo... recuerdo mis vidas en mundos rojos y azules, las guerras, las pestes y todas las veces en que por mandato de la Degolladora empuñé una daga y corté la garganta de un niño nacido de mi vientre... aquellos habían sido hijos habidos con mis guerreros, concebidos para ser sacrificados.

Burbujea sobre la cuchara... extiendo mi brazo, él clava la aguja en mi vena pero la retira.

Nos despedimos... no puedo evitar llorar.

Tomo el bus y paso por aquella casa ahora en ruinas en la que llevé mi convalecencia de aquél accidente y entre nubes de opio, sándalo y pachulí lo confundía con Thanatos velando al lado de mi cama... ¿lo seguiré amando cuando deje de ser él?


Liliana Celeste Flores Vega - abril 2008

lunes, 4 de junio de 2012

El caldero del loco

En aquella aldea vive un monje loco que se cree hechicero,
es calvo y obeso, viste con harapos
y lleva un viejo bastón astillado como si fuera un báculo.

En las noches de luna llena
saca un gran caldero a su patio
y mezcla en él hierbas alucinógenas y venenos,
lo revuelve todo con una canilla de muerto
y balbucea incoherentes sortilegios.

En su locura alucina con los murmullos del bosque
e imagina una danza macabra
de bellas brujas desnudas...
se embriaga y se queda dormido
sobre su camastro mugriento.

Las noches sin luna lee su breviario, reza el rosario,
hace penitencia y recita exorcismos para espantar al demonio
que según él se mete por la ventana cada plenilunio.

Liliana Celeste Flores Vega - enero de 2000

miércoles, 16 de mayo de 2012

Delirio

Ha llovido toda la noche
la madrugada se aproxima con la guadaña en la mano
y el olor a fango se esparce por todos lados.

Húmedo y fragante
el bosque luce hermoso
y las últimas gotas de lluvia
se escurren de las ramas de los árboles
que de lejos semejan ser colosos
y se diría que éstos gigantes
han llorado toda la noche.

Los hijos de las nieblas
han danzado bajo la lluvia toda la noche
y ahora dormitan al cobijo de los frondosos olmos...
Los sacerdotes magos conjuran sus ritos
en las cavernas de la montaña vieja,
el día nace entre encajes plúmbeos y rosados,
los duendes gachos maldicen a la lluvia que anegó sus cosechas
y tristes entre los restos husmean,
el canto de las hadas despierta a las flores en capullo
y los silfos danzan desnudos en la alborada.

Y a la vera del camino
sucio de fango
llora un ángel que se ha perdido...

Liliana Celeste Flores Vega - 1988

lunes, 23 de abril de 2012

Eternamente

En el eterno ocaso
no se guardan memorias de días, fechas o años
no se celebran aniversarios...
sólo hay ausencias, lejanías y suspiros...
sólo hay lamentos, sollozos y llantos.

Recuerdos borrosos como el enigma escrito con sangre
por la mano temblorosa de un moribundo...
paisajes nebulosos como vistos a través de las brumas del mar...
retratos de difusos rostros como si los hubieran difuminado
tantas lágrimas vertidas sobre ellos.

Perpetúa melancolía sin final ni comienzo...
perpetúa tristeza sin tiempo definido... solo el gozo maldecido...
de seguir sufriendo... por siempre... eternamente...

Liliana Celeste Flores Vega - 1996

viernes, 9 de marzo de 2012

En aquel salón silencioso

Era noche tormentosa,
era noche en la que los espectros vagan…

Mi primera noche en el castillo rocoso y antiguo,
a pesar de estar cansada por el largo viaje no podía conciliar el sueño,
bajé las escaleras, una vela que había quedado encendida
bañaba de penumbra la triste soledad del gran salón.

Aquél retrato del noble conde (capa negra, espada en mano)
semiborrado por la humedad y los siglos, me atrajo
y lo contemplaba (como un imán su mirada)
cuando el mudo reloj despertó de su sueño:
trece campanadas... la hora encantada...
un vago rumor... un ruidoso silencio...
y desde ultratumba
el eco de los pasos del conde muerto.

Cerré los ojos, sabía que él estaba ahí (capa negra, espada en mano)
parado en el umbral de la puerta
esperando un descuido mío para clavarme los colmillos
y no quise mirarlo (como un imán su mirada)
para no caer en la tentación de amarlo (como lo advertía la leyenda)
pero él se acercó a mí (el filo de sus ojos hirió mis hombros desnudos)
y me tomó entre sus brazos venciendo mi débil resistencia
con las húmedas caricias de sus fríos labios.

Y fui suya bajo la sombra de su retrato
que la humedad y los siglos borraban (maldito sea el vampiro)
cuando el mudo reloj despertó de su sueño
y dio trece campanadas.

Era noche tormentosa,
era noche en la que los espectros vagan...

Liliana Celeste Flores Vega - 1988

jueves, 23 de febrero de 2012

Cenizas

El mago ha quemado su baraja
las falenas recogen en sus polvorientas alas
las cenizas mágicas de los naipes embrujados
y huyen hacia el reino de la leyenda
llevándose el secreto augurio que consumió la flama...

Liliana Celeste Flores Vega - 1990

jueves, 26 de enero de 2012

Ausencias

Preludios apagados, violines quebrados...
ausencia...

¿Dónde está mi arcángel de bellos ojos irreales
cuyas alas de suave plumaje
fueron la cuna en donde durmió mi infancia
entre fantasías, demonios y hadas?

Bosque sollozante, flores marchitas...
ausencia...

¿Dónde está el irreverente guerrero
con alma de poeta triste y utopías de caballero
con quién profané los templos cósmicos
y compuse versos de viento?

Luna opaca, estrellas somnolientas...
ausencia...

¿Dónde está mi príncipe de las tinieblas,
sombrío y fiel paladín de la luna
que desafió a la muerte
para desposarme bajo una lluvia de estrellas?

Nubes enmascaradas, cielo convulso...
ausencia...

¿Dónde estoy yo misma
bruja de las nieblas, hada del céfiro
que osó empuñar la espada del esposo
y convertirse en guerrera?


Liliana Celeste Flores Vega - julio de 1999

miércoles, 18 de enero de 2012

Los antepasados

Los antepasados

Los Fantasmas del Pasado lloran la desgracia...
nuestro escudo de armas es una reliquia amarillenta
cuya grandeza ha sido olvidada por el paso de los siglos.

Nuestro hogar es un triste nido vacío,
los halcones perdidos quieren regresar a su abrigo
pero no pueden volar pues las plumas se les han caído.

La historia de la mansión ancestral
es un poema escrito con sangre cuyas letras
van borrando las infames manos del olvido.

Lilina Celeste, 1995

domingo, 11 de diciembre de 2011

La Princesa Encantada

Con afán de protegerla los guerreros organizaban mascaradas,
guardaban sus espadas y del vampiro lucían la capa...
la Princesa Encantada deshojaba amapolas
mientras que un príncipe de fríos ojos azules la cortejaba
y un caballero de húmeda y verde mirada la solicitaba de amores
pero la bella desdeñosa hacía caso omiso de las amorosas plegarias,
ella aún esperaba a aquél que le prometió desposarla
aunque todos le decían que aquella espera no tenía esperanzas
porque su amante no se levantaría de la tumba
aunque como caballero hubiera querido cumplir con su palabra.

Pero ella no llevaba negras tocas de viuda desconsolada,
sonreía cuando caía la tarde, se vestía de albos encajes de desposada,
adornaba su rizada cabellera con jazmines autumnales y
a la hora azul se encerraba en su alcoba...
sobornada por los pretendientes una noche la doncella la espió:
en brazos del amante muerto la encontró...
los pretendientes despechados le echaron en cara
sus oscuras artes y cuando ella les dijo que esperaba una niña
fruto de sus ilícitos amores de ultratumba,
la amenazaron con presentar una queja ante el Tribunal de los Dioses.

La Princesa Encantada empezó a marchitarse como un lirio cortado
porque desde que la pequeña bruja fue engendrada
no volvió a recibir las visitas nocturnas de su espectral amante...
cada atardecer se preguntaba si aquellos que la solicitaban de amores
le habrían hecho caer en una ruin emboscada...
no dormía, la noche se le iba en suspiros y añoranzas,
enfermó y vagaba en los jardines oníricos muy triste y muy pálida...
al verla tan adolecida los pretendientes le juraron por su honor y por su espada
que nada tenían que ver con la ausencia del amante fantasma
y hasta se ofrecieron a recorrer las sendas vedadas buscando al desaparecido.

Mientras que ellos se arriesgaban en los senderos del limbo,
ella intentaba encontrar respuestas en el espejo mágico pero nada veía
porque las Tres Luna Oscuras habían colocado un velo sobre sus ojos
para que no descubriera que la niña que mecía entre sus brazos
le había costado a su vehemente amante la condenación eterna
en la más profunda y lóbrega ergástula del Infierno
y así evitar que su frágil corazón se quebrara en mil pedazos...
pero el velo fue arrancado de los ojos de la desdichada
por aquél que una promesa de invierno y luna le reclamaba,
ella lloró y lloró hasta que bajo sus ojos se formaron sombras violáceas.

Quiso encerrarse en la torre más alta, lejos del mundo
y olvidada por el tiempo pero el príncipe de fríos ojos azules
le reclamó sus derechos, indolente le dijo: “Se te acabaron los pretextos,
nadie puede escaparse de los Infiernos... olvídalo, él mismo se ha condenado...
yo te amo y te prometo que curaré tu dolor dándote de beber
el más dulce nepente beso a beso en tus labios”
sin argumentos para evadirlo ella le dio el sí y empezó a preparar su ajuar
pero en las noches no dormía imaginando las torturas a las que los demonios
sometían a aquél que se había condenado por encender
en su vientre una chispa divina de vida.

Los esponsales se anunciaron a los cuatro vientos...
ella había perdido la voluntad y se dejaba arrastrar como una hoja al viento,
se hubiera suicidado para reunirse en el Infierno con su amante
pero no podía dejar en la orfandad a aquella niña que él le había obsequiado...
casi todas las noches recibía a su prometido y poco a poco fue cediendo
a sus requerimientos amorosos.


- ¿Se casó con el príncipe de fríos ojos azules y olvidó a su amante
condenado en el Infierno?... ¡qué ingrata!
- Aún no he terminado de contarte el cuento...


Una noche de luna llena en la que ella vagaba en el jardín de sus recuerdos
arrastrando su pena y murmurando una plegaria a la Lumbrera de Plata,
un silfo se deslizó de un rayo de argento y le dijo:
“Blanca Nieves que mordió la roja manzana envenenada,
¿acaso Leonardo no ha llorado sobre tu urna de cristal?
Bella Durmiente del Bosque que se pinchó el dedo con el huso maldito,
¿acaso Felipe no te ha despertado con un beso?
Rapunzel atrapada en su torre, ¿acaso tu príncipe no se cegó con las zarzas
para darle la luz azul del Lucero del Alba a tu mirada?
¿qué esperas?, busca a quién amas al este del sol y al oeste de la luna”


- ¿Y qué hizo la princesa?...
- ¡Oh, ésa loca pretende descender a los Infiernos
para rescatar a su amante!


Liliana Celeste Flores Vega - diciembre de 1999

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lluvia seca

Lluvia seca, lluvia seca
que marchitó mis violetas...
flor de espina, flor de espina
son mis rosales sin rosas...
no te confundas viajero
si de lejos te parecen rojas rosas abiertas:
es mi sangre coagulada
que se enredó entre sus espinas.

Jazmines de ocaso y azucenas de aurora
se deshojan sobre una tumba amarillenta...
una margarita de sombra
y un girasol que se convirtió en cenizas,
dos crisantemos tronchados
y cuatro claveles azules
languidecen a la sombra
de una encina muerta.

Liliana Celeste Flores Vega - enero de 1995